Una guerra de 1357 años no se soluciona con una Conferencia de Paz. Por Gabriel Ben-Tasgal


Cuando desde occidente nos adentramos a analizar el Medio Oriente, lamentablemente, existe cierto analfabetismo acerca de la naturaleza tribal religiosa de la región. Muchas veces, pecamos al “traducir” desde nuestro idioma cotidiano “materialista” profundos procesos teológicos que desataron los actuales conflictos en la región. Señalar correctamente las causas de los conflictos nos acerca a prever los desenlaces posibles.

La naturaleza tribal es fundamental para explicar la inestabilidad de los países del Medio Oriente. La pertenencia primaria de cada individuo o su fidelidad “básica” es hacia su clan (en árabe “Jamula”) que son enormes familias o tribus que se apellidan de una misma forma y que pueden asociarse con otros clanes por conveniencia mutua y, originalmente, por un periodo de tiempo determinado (alianzas conocidas como “Ilaf”). Un reino o estado en el Medio Oriente que es gobernado por un clan y no tiene competencia es un país estable. Un país sometido a disputas y competencias tribales provoca inestabilidad y una sucesión de represiones físicas para mantener a la dinastía en el poder. Veamos dos ejemplos de reinos estables: El clan Al-Thani gobierna sin grandes dificultades ni competencia Qatar (Al o Ahal significa linaje, familia o tienda). Los Thani nacen desde una familia beduina asentada en Doha llamada Banu Tamim. Lo mismo podríamos decir de Omán, gobernada por la “tienda” Ahel Sayd desde hace 260 años.

El segundo patrón de identidad es más importante, actualmente, para explicar la virulencia de los conflictos en el Medio oriente y, especialmente, en Siria. La lucha por el poder entre sunitas y chiitas que nace en el año 661, hace 1357 años. Esencialmente, se trata de una lucha por el poder político-religioso (no existe, en el islam clásico, una división entre estos dos campos como la hay en el cristianismo en donde “para el César lo que es del César y para Dios lo que es de Dios”). Mahoma, profeta y creador del islam, estableció un “Ilaf” entre clanes bajo un contrato hoy conocido como islam. Al morir, algunos creyeron que se daba punto final, como en otras ocasiones, al “Ilaf” y quisieron abandonar la alianza. El problema principal fue que Mahoma, fallecido en el año 632, no estableció una línea sucesoria para determinar el poder (¿Quizás porque consideraba que, como en otras ocasiones, el “Ilaf” concluiría con la muerte de quien estableció la alianza?). Dos grupos se disputaban el poder, por un lado la dirigencia de fieles cercanos a Mahoma entre los otros clanes (Mahoma pertenecía al clan Hashem) y, por el otro, Alí Iben Abu Taleb, primo y yerno del profeta, quien consideraba que el poder debía recaer en la sangre del profeta… es decir, en él. Quienes deseaban imponer a Alí Iben Abu Taleb eran la fracción de Alí o Shiat Alí… de allí su nombre chiitas. Los otros, lograron coronar a Abu Baker como primer Califa (632-634) quien logró mantener a clanes unidos en el Ilaf y combatió a quienes quisieron salirse, luego impusieron a Omar Iben Al-Jattab (634 a 644) quien logró someter a dos enormes imperios, los bizantinos y los persas, anexando sus territorios. Tras el asesinato de Omar, ascendió al poder Othman Iben Affan (644-656) que pertenecía al clan Omeya, cuyo aporte fundamental fue organizar la escritura del Corán. Tras el asesinato de Othman, hecho por el cual es acusado Alí Iben Abu Taleb, es Ali quien es designado cuarto califa hasta que Muyyawya, sobrino de Othman, de la familia Omeya, se revela en su contra en el año 661. Toda persona que considera que los líderes más honorables y correctos del islam son los clanes de la tribu de Qureish, de donde nació Mahoma (desde Hashem, Abbas o los Omeyas), y que creen en las enseñanzas de Mahoma, Abu Baker, Omar, Othman y Alí son los “tradicionalistas” o sunitas mientras que los que creen que solo la sangre de Mahoma puede gobernar el islam son los chiitas. Desde entonces, desde el año 661, somos testigos de luchas intestinales por el poder en el islam. Hasta tal punto la guerra teológica entre chiitas y sunitas que de ambos lados afirman que los otros… no son verdaderos musulmanes.

Una guerra añeja que explota no solamente en Siria

Tomemos ahora el caso de Siria. Una religión separada del chiismo en el siglo XI, los Alawitas, y que representa solamente al 11-13% de la población Siria, se afianza en el poder gracias al control que ejercen sobre el ejército, sobre el partido panarabista Bath y al habitar en la estratégica costa mediterránea con su gran baluarte: el puerto de Latakía. El anterior Presidente Hafez El-Assad (gobernó entre 1971 a 2000) le heredó el poder a su hijo Hafez, afirmando el poder del clan Assad de la ciudad de Qardaha. Dicha minoría religiosa, los Alawitas, fueron reconocidos como parte del chiismo recién hace 100 años ya que antes eran considerados prácticamente como paganos.

¿Qué opinan el 60% de los clanes sunitas sobre este abuso de poder de los alawitas? En un marco de circunstancia en donde la crisis económica que se sintió en el Medio Oriente con una fuerza destructiva desde 2008, ciertos aires de cambio liberales, el deseo de imitar lo que hicieron en Túnez o Libia gracias al acceso a internet, el retraso y corrupción de los países fracasados del Medio Oriente y, no menos importante, la influencia arrolladora de la principal cadena de televisión yihadista del mundo, Al-Jazeera de Qatar, la cual durante décadas taladró el cerebro de los musulmanes en contra los gobernantes militares o “laicos” contaminados por occidente… explota la guerra civil en Siria (2011) y salen a florecer los mismos conflictos tribales religiosos nacidos en el año 661. La mayoría de los sunitas se rebelan contra Assad el alawita, conforman unos 75 ejércitos o mini ejércitos que aún tienen cierto control en la zona norte de Siria y en la región sur de Dara, frente a la frontera con Jordania y la meseta del Golán bajo control israelí al este. Las dos fuerzas más importantes, Javat Al-Nussra (Al Qaeda) o Daesh (el Califato Islámico) fracasan rotundamente tras unos meses de gloria aunque sus premisas siguen latentes y cada tanto se manifiestan en atentados en Europa, en Estados Unidos y en el resto del mundo.

¿Quién apoya a Assad y lo mantiene en el poder? A grandes rasgos, los que no son sunitas y Rusia. Para Rusia la permanencia de Assad en el poder es simplemente estratégica. Vladimir Putin no solamente considera imprescindible la continuación rusa en la base siria de Tartus, la penetración al Medio Oriente por la única o la mayor vía que le queda en Latakía o para defender los millones de dólares en contratos que condenan a la Siria de Assad a un evidente servilismo o sumisión. Las operaciones exitosas de la aviación militar rusa en Siria condujo a un gran incremento de los contratos para la compra de armamento ruso, aseguró hace pocos meses el vice primer ministro, Dmitri Rogozin. “El mejor criterio para evaluar la eficacia de nuestro armamento ha sido su uso en Siria (…) lo que ha llevado a un aumento vertiginoso de los contratos para adquirir las armas y aviones que produce nuestro país”, le dijo a Sputnik. 

Los intereses chiitas: Irán

Desde su nacimiento, el chiismo, que representa solamente al 15% del islam, se siente justificadamente amenazado por la mayoría (85%) sunita. Más aun, uno de los pilares fundamentales del régimen religioso que gobierna el Irán chiita es el expandir su dogma para sobrevivir. Allí lo vemos invirtiendo enormes sumas de dinero para entrenar y armar a Hezbollah en el sur del Líbano, para mantener a Assad en el poder y para combatir a su principal enemigo, la Arabia Saudita sunita, en lejanos territorios como Yemen (apoyando a los Hutíes).

El objetivo de Irán en Siria y en la región es lograr un “pasillo chiita” que vaya desde Irán, el norte de Irak, la Siria de Assad para terminar un Líbano que actualmente está gobernado por los chiitas de Hezbollah. Durante años, los soldados chiitas afganos, Hezbollah y la Guardia Revolucionaria iraní sirvieron de “carne de cañón” barata para hacer el trabajo de campo que ni rusos ni norteamericanos deseaban hacer. Durante los días del Presidente Barack Hussein Obama la división de tareas era simple: Rusia bombardeaba desde el aire en Siria, Estados Unidos hacía lo propio en Irak para destruir al Califato Islámico y eran los iraníes, Hezbollah y los afganos quienes hacían el trabajo sucio en el terreno ya que al final de cuentas no se impone una derrota sin contar con botas sobre el terreno.

Obama consideraba que ISIS era más peligrosa que los chiitas. Un importante error de cálculo. Los dos eran iguales de peligrosos. Para conseguir el accionar en tierra de Irán y para firmar futuros contratos de reconstrucción en infraestructuras en Irán, Estados Unidos, Alemania, Rusia, Francia, China y Gran Bretaña firmaron un problemático acuerdo nuclear que descongelaba amplios fondos iraníes y le permitiría al régimen de los Ayatollas seguir desarrollando misiles de largo alcance con mayor exactitud y capacidad para portar cabezas no convencionales mientras “estudiaba científicamente” cómo desarrollar su poder nuclear sin limitaciones.

El arribo al poder de Donald Trump modificó el escenario radicalmente. La “Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) estadounidense” para el Medio Oriente, presentada a principios del 2018, afirmaba que la inestabilidad y un equilibrio desfavorable del poder regional en el Medio Oriente afectan adversamente los intereses estadounidenses. De acuerdo a la ESN, la inestabilidad de la región se deriva de la interacción entre la expansión iraní, el terrorismo yihadista violento e ideología, los estados débiles, el estancamiento socioeconómico y las rivalidades en la región. La ESN subraya el compromiso de Washington en ayudar a las monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) a fortalecer sus instituciones políticas y militares, lo que incluye proveerles capacidades militares y construir un sistema de defensa conjunto eficaz de misiles. Estados Unidos también alentará a los estados árabes a modernizar sus economías y a avanzar en las reformas sociales. Habiendo aprendido de los errores del pasado, los Estados Unidos intentarán alcanzar estos objetivos de forma gradual sin imponer valores norteamericanos en dichos países. En resumen, a diferencia de Obama Trump no pretendía imponer su visión de la democracia traicionando a sus aliados dictadores (como hizo con Mubarak), a diferencia de Obama, Trump veía en la Irán chiita un peligro y se proponía proteger y vender armas a sus aliados sunitas… a diferencia de Obama, Trump establecería una coordinación con Israel y Rusia para establecer un futuro realista en Siria (1).

Las pruebas recogidas por el Mossad israelí sobre la existencia de un programa militar nuclear iraní anterior a la firma del tratado de los 5+1 e Irán facilitó la retirada norteamericana del tratado nuclear, que prácticamente ha quedado obsoleto ya que las grandes empresas mundiales no se muestran dispuestas a desafiar las sanciones impuestas por Estados Unidos.

La postura del Estado de Israel

A lo largo de la guerra en Siria, la postura de Israel fue relativamente pasiva, disfrutando del hecho que radicales sunitas combatían con radicales sunitas y ambos dos no se atrevían a meterse con el mayor poder militar regional (Israel). Las reacciones israelíes se centraban en 1) Responder ante cualquier disparo de cohetes hacia el lugar desde donde partía el fuego sin importar si se trataba de sunitas o chiitas, 2) Evitar a toda costa que cohetes o misiles de largo alcance llegasen a manos de Hezbollah desde Irán a sabiendas que dicho armamento va a ser utilizado contra civiles israelíes como ya sucedió en 1982 o en 2006 (Operación Paz para la Galilea y Guerra del Líbano II), 3) Erradicar la amenaza de cabezas químicas y su transporte hacia el Líbano, 4) Mantener en el poder y proteger al Rey Hussein de Jordania que se sentía amenazado por ISIS ya que Israel mantiene un pacto de paz con dicho país desde 1994.

Tras la destrucción física (no ideológica) del Estado Islámico, resulta más que evidente que Bashar El-Assad permanecerá en el poder. Eso es algo con lo que Israel puede convivir, especialmente cuando Assad es tan débil y dependiente de Rusia. Lo que es “Casus Beli” para el estado hebreo es la presencia y asentamiento de Irán sobre suelo sirio y es por eso que observamos tres patrones de conductas claros: 1) Israel ha atacado decenas de veces arsenales, bases, presencia militar iraní en suelo sirio ante la pasividad de Rusia y la impotencia e incapacidad de respuesta de los propios iraníes, 2) Israel coordina cotidianamente con Putin el accionar de la aviación israelí en suelo sirio y hasta las acciones de los soldados de Assad cerca de la frontera con Israel para no provocar enfrentamientos innecesarios. La pregunta del millón es si Putin, a fin de mantener a Assad en el poder, exigirá la continuación de la presencia iraní en Siria provocando tensiones con Israel. La respuesta parece ser negativa. Dudosamente Irán sea un aliado estratégico de largo plazo para Rusia, 3) Se vive una alianza de facto entre Israel y los países sunitas que odian y temen el expansionismo chiita iraní y que están dispuestos a mucho con tal de detener a irán… Arabia Saudita de Iben Salman, Egipto de Abed El-Fatah A-Sissi o Jordania no consideran a Israel como una amenaza sino más bien como un aliado táctico. ¿Quién pierde en esta situación? Los palestinos… que van perdiendo el tradicional paraguas de apoyo árabe sunita.

La retirada iraní de Siria puede acercar un acuerdo para la permanencia de Assad en un marco de estado federal. La potencia militar israelí dudosamente pueda expulsar a Irán de Siria. Más bien, considero que existen más posibilidades de una implosión interna iraní que obligue a los Ayatollas a reprimir una revuelta o a invertir sus capitales en temas internos en vez de continuar su expansionismo en el mundo. Una sequía crónica, un desempleo y una inflación desconocida más el regreso de las sanciones condenan a un de por si estado fracasado a una crisis interna mucho más grave de lo que aparenta.

¿Podrá alcanzarse una paz en el Medio Oriente frente al escenario recién desarrollado? La respuesta es simple… No. Nadie puede ofrecer una verdadera paz a otro si ni siquiera disfruta de una paz interna dentro del islam. Desde hace 1357 años luchan sunitas y chiitas por el poder… ¿Qué nos hace pensar que de repente se detendrán? Sin embargo, es posible concertar alianzas a largo plazo y Hudna (treguas). Y eso… para el Medio Oriente… también es importante.

Gabriel Ben Tasgal – Es periodista especializado en Medio Oriente y en radicalismo islámico. Asesora a diferentes fuerzas de seguridad en la prevención del terrorismo yihadista. Desde su creación, dirige la ONG de Diplomacia Pública Hatzad Hasheni – www.hatzadhasheni.com
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