La controversia por Wagner. Por Julián Schvindlerman


Días atrás, la Radio Pública de Israel (KAN) emitió parte de la ópera Götterdämmerung del compositor alemán Richard Wagner. Las protestas no tardaron en surgir y las autoridades de la radio debieron disculparse por lo que definieron como un “error”. La interpretación pública de la obra de Richard Wagner ha estado asociada a la polémica desde hace mucho tiempo en Israel. Uno debe remontarse a fines de los años treinta del siglo pasado, cuando el estado judío no había sido establecido como estado todavía, para notar algún caso en que Wagner haya sido tocado libremente en lo que era entonces la Palestina mandataria y es hoy el moderno Israel.

Tres días después de la Kristallnacht, en noviembre de 1938, debía comenzar la tercera temporada de la Orquesta Sinfónica Palestina, precursora de la actual Orquesta Filarmónica de Israel. El Maestro Arturo Toscanini planeaba ejecutar Die Meistersinger von Nürnberg, de Wagner. A la luz de los acontecimientos en Austria y Alemania, la junta directiva de la orquesta pidió al músico italiano que quitara del repertorio esa pieza del compositor alemán. Toscanini aceptó. Quedó así marcado el primer precedente de lo que sería una lucha prolongada entre wagnerianos y anti-wagnerianos en el estado judío.

En su tiempo, Wagner fue un antisemita prominente. No apenas un consumidor de antisemitismo, como otros músicos -Liszt, Chopin- lo fueron, sino un promotor de antisemitismo. Publicó, con un seudónimo en 1850 y con su nombre real diecinueve años después, Das Judenthum in Der Musik, un notorio tracto antisemita en el que llamó al aniquilamiento del pueblo judío. En 1881, aplaudió un pogromo en Varsovia (“Esa es la única forma en que se puede hacer, echando a esta gente afuera y darles una buena paliza”) y se alegró cuando un incendio en un famoso teatro de Viena ocasionó la muerte a muchos judíos (“Todos los judíos deberían acabar quemados en la obra de Nathan”). Se codeó con famosos teóricos raciales de la época -Joseph Arthur de Gobineau, Houston Stewart Chamberlain- y dejó constancia de su odio virulento a los judíos en sus memorias, sus cartas y sus escritos. Su segunda esposa Cósima agregó evidencia de su antisemitismo en sus diarios íntimos, los que cubren 5.150 días de vida juntos, desde enero de 1869 hasta la muerte de Wagner en febrero de 1883.

Aunque Wagner murió medio siglo antes del ascenso del nazismo al poder en Alemania, durante el Tercer Reich él reinó supremo. Muchos noticieros acompañaron imágenes de la fuerza aérea con Die Walküre. Segmentos de Rienzi anticiparon los discursos en las aglomeraciones nazis en toda Alemania. Su música se oía en las galas nazis. Cuando Hitler se suicidó, la radio emitió la marcha funeral de Siegfried. La música de Wagner sonó en los campos de concentración y se atribuyó a Josef Mengele escuchar sus composiciones mientras realizaba sus experimentos médicos monstruosos. Leni Riefenstahl incluyó extractos de una ópera de Wagner en su film El triunfo de la voluntad. El führer dijo que fue al escuchar Rienzi cuando halló la convicción de que él uniría Alemania y engrandecería al Tercer Reich. “Es sobre Parsifal que edifico mi religión”, acotó. “En Siegfried, Parsifal, Stolzing, Lohengrin reconocemos ese principio de vida eternamente alemán”, señaló.  Uno de sus dichos más famosos sobre Wagner fue: “Para entender lo que el Nacional-Socialismo es, uno debe leer a Wagner”. 

Los wagnerianos no niegan ni minimizan el atroz antisemitismo del compositor alemán ni su protonazismo. “Wagner fue 110% antisemita” admitió Zubin Metha. Pero están, no obstante, dispuestos a promover sus óperas dada la fascinación que ellas les evocan. “Odio a Wagner”, proclamó el director Leonard Bernstein, “pero lo odio arrodillado”. Georg Solti, Daniel Barenboim, Mendi Rodan y Roberto Paternostro, entre varios otros, ofrecen argumentos válidos al señalar que músicos colaboradores de los nazis -Richard Strauss, Carl Orff, Franz Lehár- ya no causan polémica en Israel. O que empresas como Bayer, Mercedes-Benz y Hugo Boss (todas ellas implicadas en la industria alemana durante la guerra) venden sus productos en el estado judío sin problemas. Sin embargo, estos músicos parecen tener dificultades en comprender el valor simbólico de Richard Wagner como emblema cultural del nazismo en general, y como fetiche personal de Adolf Hitler en particular. Ninguna ley en Israel prohíbe la música de Wagner. Más bien se ha tornado tradicional rechazar la performance pública de sus obras para no emparentar un símbolo cultural del nazismo con un símbolo cultural del estado judío, como pueden ser una orquesta o una radio estatales.

El crítico de música David Goldman ofreció una apreciación pertinente al acalorado debate. “En un estado judío”, escribió en Tablet, “el público tiene derecho a pedir a los músicos judíos que sean judíos primero y músicos en segundo lugar”. El crítico Alex Ross remató con una observación poderosa. “Si hay un lugar donde se permite solamente a Wagner se escuchado”, escribió en The New Yorker  en relación al santuario de Bayreuth, “debiera también haber un lugar donde se le pide a Wagner permanecer en silencio”. ¿Alguien puede imaginar un mejor lugar para ello que el estado de Israel?

Fuente: The Times of Israel
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