La mentira más grande del mundo. Por Ana Jerozolimski

Imagen ilustrativa

El lunes por la noche tuve que ir a Terem, medicina de urgencia, en Jerusalem, acompañando a una persona cercana que se sentía mal. Lo primordial en ese momento era por cierto su salud. Afortunadamente todo terminó bien. Pero me resultó ineludible observar lo que ocurría a nuestro alrededor, o mejor dicho la realidad de la que éramos parte al entrar a la clínica.
“El mundo debería ver esto”, pensé enseguida.
El mosaico israelí-muy especialmente el de Jerusalem- estaba allí ante mis ojos. Judíos y árabes, religiosos y laicos, cada uno esperando su turno, atendidos por orden de llegada por el personal también combinado de paramédicos judíos y árabes. Me costó actuar con cordura y no sacar fotos. No era lo apropiado en un lugar así. Pero las horas que estuvimos en ese servicio de urgencia, habrían alcanzado para un álbum entero sobre los rostros de Jerusalem. Y sobre la realidad de la vida en Israel.
Ultraortodoxos judíos con distintos atuendos de acuerdo a su corriente religiosa y al grupo particular al que pertenecen, religiosos vestidos con ropa común y corriente, con la kipá en la cabeza y los “tzizit” revelando su observancia asomando fuera de la camisa y los jeans. Una mujer religiosa con la cabeza cubierta, sentada al lado de una jovencita de short y remera sin mangas. Una musulmana con el hijab que la cubría entera y enfrente suyo una pareja de árabes-no podemos saber si musulmanes o cristianos- con su bebé, y la mujer con vestido corto y un tanto escotado. Una enfermera judía con el “shavis” cubriéndole el cabello, pero evidentemente no con peluca como sí tenían otras mujeres religiosas allí mismo, irradiaba energía corriendo de un lado a otro. Igual que otra mujer que suponíamos tenía más o menos su misma edad-no más de 30-, con la cabeza también cubierta, pero al estilo islámico. No llegamos a hablar con ella pero daba la sensación de ser médica, por el aplomo con que hablaba y el respeto que parecía inspirar en los pacientes que llegaban a ella, tanto judíos como árabes.
A nosotros nos tocó el Dr. Aladdin, un médico joven, árabe, que sonreía mucho y preguntaba todo dos veces para estar seguro que tiene la información correcta. El responsable del turno, una especie de super coordinador, era Ashraf, otro árabe. Rostro serio pero muy correcto.
En la ventanilla de entrada, una joven recibía a los pacientes, anotando cómo se sentían, por qué habían llegado a la urgencia y con quién contactarse por cualquier eventualidad. Por su acento en hebreo, pensamos que era judía, simplemente porque no tenía dejo de acento árabe. Pero nunca se puede saber. Del otro lado, en la ventanilla de salida, donde a uno le entregan el resumen con las indicaciones-que de todos modos el Dr. Aladdin ya nos había dado- la funcionaria era árabe. Deseaba a cada uno “refuá shlemá” , que se recupere totalmente, sonreía moderadamente y pasaba al siguiente.
Allí eran todos pacientes y personal médico. A nadie se le ocurría atender o recibir distinto a nadie por ser de tal o cual comunidad. La joven de hijab rosado cubriéndole la cabeza, que estaba sentada con suero al lado de una religiosa judía de blusa multicolor y pollera larga, el haredi de traje festivo que parecía haber llegado directo de las hakafot de Simjat Tora, el israelí laico y una pareja mayor árabe, todos eran allí pacientes, nada más. A todos, los médicos y paramédicos, los funcionarios, ellos mismos un microcosmos de la sociedad israelí, atendían por igual.
Esta es la realidad israelí.
Uno podría preguntarse para qué destacarlo tanto si realmente es tan común. Legítimo plantearlo. Pues sí, hay que contarlo una y otra vez, hay que reiterar que esta es la realidad, ante los increíbles constantes intentos de enemigos de Israel, de mentir sobre su forma de vivir.
Quienes leen nuestras notas, saben seguramente que lejos estamos de considerar que Israel es perfecto, un país de hadas y ángeles sobre la Tierra. No existen países así en ninguna parte del mundo. Pero consideramos sí que no solamente no merece en absoluto la imagen demoníaca que intentan pintar sus enemigos, sino que es, en muchas cosas ejemplar.
Y lo saben también muchos de sus duros críticos.
Esta semana, a raíz de la crisis creada en UNRWA-la agencia de las Naciones Unidas para los refugiados palestinos- por los cortes presupuestarios por parte de Estados Unidos, la organización notificó a parte de su personal palestino que será despedido. Pues el lunes tuvieron lugar protestas intensas junto a las oficinas de UNRWA en la Franja de Gaza, a tal punto que los jefes occidentales temieron por sus vidas, pensaron que serían linchados. UNRWA pidió ayuda urgente a Israel para evacuar a sus funcionarios a territorio israelí.
El pasaje de Erez que sirve para entrada y salida de gente entre Israel y la Franja de Gaza –enfermos a hospitales, personal de las organizaciones internacionales y demás- estaba cerrado por la festividad de Simjat Tora. Pero Israel accedió a abrirlo antes de tiempo a fin de permitir el ingreso a los funcionarios de UNRWA, que indudablemente, al dejar Gaza y cruzar a Israel, se habrán sentido a salvo.
Estas situaciones se dieron a lo largo de los años en varias oportunidades, porque nadie duda dónde está la cordura y la seguridad.
Mientras el otro lado miente sobre la realidad israelí, Israel continúa desarrollándose. Mientras parte del liderazgo y los “activistas” palestinos pierden tiempo y energía en inventos sin sentido, Israel sigue apostando al futuro.
El problema es que las mentiras sobre Israel también llevan finalmente a un auto engaño del que no surge nada bueno. Esta semana quedamos pasmados con otro increíble ejemplo de auto engaño. Buscábamos la foto de un conocido científico del Technion, el Profesor Husam Hayek, para ilustrar una nota que aparece en este número en otra página. Nos topamos con una página web llamada “All4 Palestine” que supuestamente incluía la foto. Entramos a la página y vemos que su subtítulo era algo así como “modelos a emular”. Hasta ahí, todo bien. Al llegar al Profesor Hayek, en el rubro “país”, decía “Palestina”.Y la explicación, algo así como “científico palestino que desarrolló….” y explicaba sus logros.
No sabíamos si reir o llorar. País…¿Palestina? El Profesor Husam Hayek es ciudadano israelí, egresado del Technion en Haifa, donde investiga y enseña. Jamás existió un Estado palestino. ¿Qué logran con inventar mentiras?
Pero el tema central es que si dedicaran más energías y tiempo a su propio desarrollo, en lugar de canalizar los esfuerzos en mala dirección, ya estarían en otra situación.

Fuente: Facebook Ana Jerozolimski
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