Antisemitismo antibiótico


He tenido la oportunidad de entrevistar a muchos estudiosos de diferentes disciplinas (historia, sociología, psicología, filosofía, política, instituciones) sobre el tema del antisemitismo, pero cada vez me siento más ignorante de sus causas finales. Ni el desconocimiento, ni la falta de educación, ni la competencia religiosa, ni la envidia, ni el supuesto poder, ni el carácter minoritario: ninguna de estas y otras razones esgrimidas y sustentadas en gruesos tomos acaban de convencerme, y sobre cada una de ellas podría citar numerosas y determinantes excepciones.

El último y más mediático caso en Pittsburgh nos enseña también que no hay refugios seguros. Históricamente, los judíos hemos ido migrando (a veces obligados por ley, las más por las circunstancias) de un lugar con mucho antisemitismo a otro con menos, a sabiendas de que lo único que podemos hacer es ganar algo más de tiempo para sobrevivir, pero que el odio seguramente acabará llegando. Sirva de ejemplo Uruguay, país orgulloso hasta hace poco de ser inmune a esta patología social, pero que no sólo ya ha tenido alguna víctima mortal, sino que parte de sus fuerzas políticas autodeclaradas progresistas han definido como ciudadano ilustre a uno de los impulsores del boicot cultural no sólo a israelíes sino también a cualquier judío que no se pronuncie en contra de ese estado (como pudimos comprobar hace pocos años en España).

No sé de dónde surge ese odio visceral ni cómo erradicarlo. Como los antibióticos, las sociedades contagiadas por esa pulsión se vuelven cada vez más resistentes a las medidas, sean legislativas, educativas o de otro orden. El antisemitismo muta. Tras la derrota del nazismo, ni los nostálgicos de los regímenes totalitarios se atreven a definirse como tales (de allí el éxito de iniciativas como la adhesión a la lucha contra el antisemitismo de prácticamente todas las ciudades del mundo), pero no pasa lo mismo con el propio derecho a existir del estado de Israel y la filosofía que lo anima, el sionismo, situación que no se plantea a ninguno del más de un centenar de estados nacidos después de su creación a partir de la decisión de Naciones Unidas de hace 71 años.

Como los médicos y científicos, sabemos que hay enfermedades con las que no podemos acabar y que, al combatirlas con los arsenales farmacéuticos actuales, podemos llegar incluso a desencadenar mutaciones aún más resistentes. Pero no tenemos elección: no podemos dejar que nos maten sin hacer nada para “solucionarlo finalmente”, entre otras muchas razones lógicas, porque el “problema” no es nuestro, sino que el vector de la enfermedad anida en la mirada del contaminado. Porque ni siquiera la ausencia de judíos (como en la España después de la Expulsión o en la Franja de Gaza actual) frena la metástasis sino que, por el contrario, la favorece. Tendremos que seguir buscando esa vacuna, aunque cada día se muestre más inalcanzable que la del SIDA o el cáncer.

Por: Jorge Rozemblum
Fuente: Radiosefarad.com
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