¿Por qué la máquina no reemplazará al humano? Por Rabino Dr. Fishel Szlajen


Para Karl Popper toda la filosofía occidental gira alrededor de su más difícil y profundo problema, la relación cuerpo-mente. Dos mundos, uno externo y otro interno. Uno constituido por sustancias y energías más sus interacciones y procesos, pudiendo ser conocidos objetiva y públicamente. El otro, constituido por realidades psíquicas como conceptos, ideas, sentimientos, deseos, anhelos, recuerdos, dolor, ánimo y esperanzas, conocidos solo subjetiva y privadamente por la misma persona que los experimenta. Así, el cerebro pertenece al mundo objetivo, de dominio público, sujeto de investigación científica y donde todos saben igualmente de su cerebro como del de otro. A diferencia de las realidades psíquicas, pertenecientes al dominio privado, individual y por ello no siendo pasible de ciencia. Y desde la causalidad, esta rige tanto para lo físico, producto del devenir de otros anteriores, pero siempre dentro del mismo dominio; como para lo psíquico al recordar un hecho que deviene en tristeza, alegría o nostalgia, un concepto que surge de otro, o el hambre al pensar en comida. Pero entre los mundos físicos y psíquicos hay una incompatibilidad causal interactiva, ya que de lo contario ninguno de ambos serían tales, aun cuando se vivencien reacciones concomitantes o recíprocas.

Descartes distinguió dualmente lo extenso y la razón, postulando que si bien el cuerpo está estrechamente unido al yo, mi pensamiento por el cual soy lo que soy es entera y verdaderamente distinto de mi cuerpo, pudiendo ser sin este. Pero Spinoza, contrariamente, postula la unicidad de cuerpo y mente, lo que los convierte en atributos de una mónada, la cual es conocida aunque no constituida, por su extensión como cuerpo y el pensamiento como idea. Luego Leibnitz da cuenta de la falta de explicación en ambos filósofos de la relación entre cuerpo y mente, por cuanto lo que sucede en uno ocurre con independencia de la realidad del otro, dado que el cuerpo solo puede moverse por factores materiales y el pensamiento, solamente por ideas. Si bien desde lo intuitivo, el hecho de querer hablar o escribir parecería motorizar el conjunto de órganos que resultan en palabras o escritura, aquellas querencias no tienen relación alguna con los procesos físico-químicos del cuerpo que la actualizan. De hecho, el cuerpo funciona ausente de la realidad psíquica tanto como los riñones o el hígado de quien está enseñando historia.

Y así, el fisicalismo reconociendo solo la realidad física, el idealismo reconociendo solo la psíquica o el dualismo, siempre fueron aporéticos. Incluso el fisicalista J. J. Smart reconoció que las realidades psíquicas son fenómenos excepcionales a las categorías físicas; y el neurofisiólogo premio Noble de Medicina, Charles Sherrington, reconoció que ante el problema psicofísico no hay preferencias entre monismo y dualismo. Tampoco el epifenomenalismo encuentra una respuesta, sino que la parcializa unidireccionalmente donde lo físico-químico exhibe en lo psíquico como el proyector de cine en una pantalla, y donde las imágenes (lo psíquico) no influyen en el proyector (lo físico). Más, así como una imagen no causa la siguiente sino por el proyector, tampoco entre las realidades psíquicas sino por los procesos físico-químicos cerebrales como fenomenología real y causa de aquellas como su proyección.

Hoy la cibernética emula la fisiología mediante procesadores pretendiendo asemejarse al pensamiento, aunque la designación "inteligencia artificial" es inadecuada en contenido y metodología. Dilthey distingue explicación de comprensión, donde la primera es la capacidad de incluir el fenómeno dentro del marco de otros ya conocidos mediante similitud de relaciones funcionales; mientras que la segunda intenta concebir el fenómeno mismo. Aquí la relación explicativa entre un recuerdo y la tristeza es funcional, pero distinto de la comprensión de la tristeza o el recuerdo en sí mismo, cuya ignorancia impide al sujeto conocer su realidad psíquica. A diferencia del total entendimiento de una máquina por la explicación funcional de sus partes, sin que el técnico necesite saber la naturaleza de aquellas. El hombre, al pensar, quiere entender su pensamiento y no solo saber la relación funcional entre los procesos psíquicos que le acontecen. Más, para la computadora toda pregunta y respuesta debe ser formalizada en partes relacionadas lógicamente y divisibles en cantidades elementales. Pero el pensamiento humano abarca problemas no reductibles binariamente, dado que las realidades psíquicas no son formalizables.


Preguntar por relaciones entre distancias es radicalmente distinto a preguntar sobre la relación entre el significado de la valoración de la fidelidad y el temor reverencial a Dios. La primera, científica, con los datos necesarios resulta en un número, pero no así la otra, no pudiendo nutrir a la computadora con información sobre la valoración humana en dichas cuestiones. Es decir, la computadora puede eventualmente ser un modelo del cerebro pero no del pensamiento, y su valoración no es su estructura sino su funcionalidad. El pensamiento no es la función del cerebro analogado al proceso electromecánico de la computadora, así como tampoco la memoria informática es la humana por no tener consecuencias en las realidades psíquico-emocionales de su sujeto. Una máquina sin uno de sus componentes no ejecuta o falla en un determinado accionar, mientras que el cerebro ante ciertos daños su función atribuida es suplida; similar al ajedrecista que aun con menos piezas que su rival logra ganar, dado que en desventaja juega sus piezas restantes de forma distinta a como lo hubiera hecho con todas. Claramente, el funcionamiento del cerebro es cuestión de fisiología pero no así el del habiente de cerebro, donde ocurren los procesos y las realidades psíquicas a cuenta de lo que ocurre en el cerebro.

De hecho, el dualismo computadora-usuario evidencia que la primera ejecuta solo la actividad físico-electrónica, y cuyo resultado en caracteres solo tienen sentido o significado respecto del hombre usuario habiente de conciencia e inteligencia. Así, incluso concibiendo la computadora como modelo de cerebro, el usuario de la computadora es como el sujeto habiente de cerebro. La computadora nunca ejecuta una operación matemática o lógica, sino solo actividades físicas predeterminadas por el usuario que la piensa e interpreta. Toda relación lógica entre componentes y caracteres de la computadora no existe sino en la conciencia de su programador humano. En definitiva, la computadora no piensa sino que necesita de su usuario, lo que manifiesta la dualidad entre el aspecto objetivo fisiológico operativo y el aspecto subjetivo psíquico interpretativo. Porque el pensamiento no es un conjunto de funciones cerebrales o cibernéticas fuera del sujeto o usuario consciente, similarmente a una melodía que no es un conjunto de sonidos o vibraciones fuera de la conciencia o sentido musical de quien la escucha.

En conclusión, la cibernética no construyó una modelo de pensamiento sino en el mejor de los casos un insatisfactorio modelo de cerebro. Aristóteles, 2500 años atrás, preguntó sobre la relación entre la mente y el cuerpo. El rabino Moisés Isserles, alejado de toda filosofía, concluyó hace 500 años la incomprensibilidad de la relación entre cuerpo y alma. Cecil Mace, psicólogo, dictamina actualmente la imposibilidad para nuestro pensamiento de resolver el problema psicofísico, no por falta de información sino por su imposibilidad lógica. Edgar Adrian, fisiólogo, expresó la completa incapacidad de la ciencia para describir satisfactoriamente la actividad mental. Así, no se trata de dualismos, monismos o paralelismos ontológicos, sino de una carencia epistemológica que redunda en la imposibilidad de atribuir pensamiento o inteligencia a las máquinas.

El autor es rabino y doctor en Filosofía. Miembro titular de la Pontificia Academia para la Vida.

Fuente: Infobae
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