¡Qué suerte para la desgracia!


Cuando era niño, en la televisión argentina triunfaba un cómico (Pepe Biondi) cuyo latiguillo tras recibir una bofetada era ¡Qué suerte pa’ la desgracia! En estas fechas en que conmemoramos Purím me parece un título muy apropiado para lo que venimos a festejar. De hecho, la palabra hebrea purím es el plural de “suerte” (no confundir con “mazal”, que más que suerte debe traducirse por destino o fortuna, con lo que, a pesar de lo que algunos creen decir “mazal tov” no es desear buena suerte sino enfatizar nuestra empatía con un “enhorabuena”). Pero -ya me dirán- a quién más que a los judíos se le ocurre calificar de suerte el estar al borde mismo de la desgracia, como se relata en el libro de Esther, con la salvación de un genocidio a manos del visir persa Hamán en el tiempo de descuento del partido.

Sin embargo, ahí está, y no sólo eso: desde entonces se han multiplicado los “purím” a los que se añade la referencia geográfica: el de Hebrón hacia el 1350, el de Zaragoza de 1428, el de Roma en 1555, el de Vinz o Frankfurt en 1614, el de Trípoli en Libia de 1793… Pareciera que los reiterados intentos de convertirnos en agua pasada (de “solucionarnos”, que dirían los nazis) han generado en nuestra cultura un humor de resistencia. No se trata ni mucho menos de poner la otra mejilla ni de olvidar, sino de reconocer el papel que nos ha tocado jugar en el teatro de las naciones. Lejos de una victimización, aprendemos de lo que ha pasado y lo enseñamos con esmero a las generaciones venideras: nunca más esclavos de Faraón, ni objeto de aniquilación. En los últimos siglos esta estrategia se llama sionismo y ha llevado a la construcción de un estado pendiente de la memoria. Antes, durante siglos, constituíamos una nación a la que se nos había arrebatado el suelo bajo nuestros pies, exiliada en los mil reinos de Ajashverosh (el emperador esposo de Esther, que ni siquiera sospechaba que era la judía Hadasa) y siempre hostigados por la misma estirpe de amalequitas bajo diferentes disfraces.

Los gentiles (no judíos) que se acercan antropológicamente asombrados a observar nuestros ritos y cultura han querido ver en la casi coincidencia de calendario entre Purím y el Carnaval cristiano un paralelismo, reforzado por la costumbre moderna de disfrazarse. Pero no tienen nada en común: si los carnavales son el mantra hedonista de un “carpe diem” antes de iniciar la introspección y ayuno de la Cuaresma, la charanga de Purím no va de dar rienda suelta a unas pasiones que pronto habrá que reprimir por una temporada, sino de recordar y hacer recordar la fragilidad de nuestra existencia, la suerte de vivir al borde mismo del abismo de la mayor de las desgracias, la alegría de sobrevivir.

Muchas veces nos preguntamos por qué la mayoría de quienes lograron salir con vida del infierno de los campos de exterminio nazi prefirieron callar y ocultar su testimonio durante mucho tiempo. Les tocó a ellos la suerte y a la mayoría de los otros (los suyos), la desgracia. La vida significó a partir de entonces un regalo envenenado de culpa. ¡Qué desgracia para la suerte!

Por Jorge Rozemblum
Director de Radio Sefarad
www.radiosefarad.com
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