Antes del después. Por Jorge Rozemblum


Una de tantas consecuencias del confinamiento al que estamos sometidos por la pandemia será la anulación de los actos públicos en recuerdo del heroísmo de los judíos durante el Holocausto, lo que se conoce habitualmente por su nombre hebreo, Yom Hashoá Vehagburá. Resulta paradójico que una parte importante del homenaje sea recordar los horrores del confinamiento en guetos y campos. No obstante, ello mismo debe servirnos para discernir la diferencia de aquella privación de libertad (más cercana a la esclavitud que acabamos de recordar en Pesaj) de la actual situación de aislamiento social cuyo objetivo es protegernos. También debería ser visto como una oportunidad para entender que el enemigo más terrible no siempre tiene cara y nombre (más allá del que le asignemos) y que lo importante -más que malgastar nuestra energía en odiarlo- es encontrar en nuestro interior las armas para combatirlo, en el desarrollo de cualidades que creíamos secundarias en el mundo actual, como la fuerza de voluntad, el autocontrol y la empatía.

A pesar de la ansiedad por salir de este “Egipto”, es muy probable que lo echemos de menos cuando nos toque atravesar el desierto que se abrirá ante nosotros “el día después” y que el camino a una nueva tierra de promisión nos cambie la mentalidad, como nos enseña el relato pascual. También los que combatieron durante semanas contra los nazis desde el Pesaj de 1943 en el gueto de Varsovia se temían que la respuesta fuera terrible, pero aprendieron con sangre que era lo que en ese momento les exigía su conciencia. Jóvenes que habían soñado con ser médicos, artistas, obreros o rabinos crecieron rápidamente como feroces combatientes que dejaron desconcertados a sus entrenados y pertrechados enemigos.

Nuestra suerte es mucho más cómoda y, por ello, exigirá todavía más dolor para que cambiemos. Hay voces incluso que nos advierten del efecto contrario, de la pasividad con que en la mayoría de naciones hemos acatado unas directrices erráticas y más condicionadas por tensiones políticas internas que por una mejor estrategia sanitaria a medio y largo plazo. Lo peor que nos puede pasar no sólo es la muerte física de muchos, sino la incapacidad de reaccionar y aprender de cara al futuro. Hay optimistas que ven en las actuales muestras de solidaridad la semilla de unas sociedades más colaborativas y participativas. Personalmente creo que no hemos llegado a la masa crítica de dolor colectivo que nos transforme realmente. Si esto llegase a suceder, el horizonte podría mostrarnos esa Tierra Prometida al final del tránsito, como les pasó a los supervivientes de aquella primera insurgencia civil contra los nazis del Gueto, que pudieron construir un sueño que soñaron durante miles de años, un estado propio en el lugar al que llegaron los israelitas, aunque algunos, como el propio Moisés, tuvieran que conformarse con ver el futuro desde la distancia, antes del después.

Por Jorge Rozemblum
Director de Radio Sefarad
www.radiosefarad.com
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