Alzar la voz es vencer al olvido: la historia de Lea Zajac Novera, sobreviviente de la Shoá

 ¿Cómo mantendremos viva la memoria de las/los sobrevivientes de la Shoá? ¿Quién asumirá sus voces para que aquellas desgarradoras historias de supervivencia, resiliencia y valentía nunca dejen de ser narradas?

Por Melanie Ghertner

Convertir el silencio en palabras y sumar voces

Una vez finalizada la Shoá, el silencio se hizo presente entre la gran mayoría de las/os sobrevivientes. Quienes habían sobrevivido a semejante genocidio se encontraron con un mundo que no estaba preparado para oír sus estremecedoras historias. Algunas personas descreían. Cuenta Regina Keningstein Hubel “La gente que no vivió la guerra no lo podía entender. Mientras a nosotros nos quemaban, ellos se bañaban en el mar. Nadie creía lo que yo contaba, decían que era una fantasía, que era imposible. ‘¿Y cómo escapaste? ¡No, no puede ser!’ Por muchos años dejé de contar” (Cuadernos de la Shoá N°5: Mujeres, vidas y destinos (2014), Buenos Aires). No faltaban quienes, con el dedo acusador y la mirada escéptica, se preguntaban cómo habían logrado sobrevivir mientras que tantas otras personas no. En este sentido, solían tener un matiz particular con las mujeres, sobre quienes recaía la acusación (a veces tácita, otras explícita) de haber realizado “favores sexuales” para seguir viviendo.

Por otro lado, muchas/os sobrevivientes evitaban a toda costa revivir con su relato tan traumáticas vivencias: no querían contárselo a nadie, ni siquiera a sus seres más queridos, incluyendo a sus hijas e hijos.

En 1961, se llevó a cabo en Jerusalén el juicio a Adolf Eichmann, considerado el “arquitecto del Holocausto”. Durante el juicio, cientos de sobrevivientes brindaron su testimonio y relataron las aberrantes atrocidades cometidas por los nazis. La difusión internacional de este suceso hizo que gran parte del mundo por fin abriera los ojos y más sobrevivientes se animarán a contar.

Algunas/os mantuvieron en secreto su trágico pasado hasta 1994, cuando el afamado director de cine, Steven Spielberg, creó la Shoah Foundation (Fundación Shoá), cuyo objetivo principal era grabar y conservar testimonios de sobrevivientes de todo el mundo. Actualmente, la ahora denominada USC Shoah Foundation cuenta con alrededor de 55 mil videos de testimonios de sobrevivientes de la Shoá y de otros genocidios del siglo XX, filmados en 65 países y en 43 idiomas. Sin embargo, también hay quienes seguramente han dejado este mundo sin nunca haberle dado voz a su historia.

El relato en primera persona de quienes fueron testigos de aquel horror ha sido documentado en innumerables formatos y volúmenes. Sin embargo, los libros, películas, grabaciones y documentales tienen un defecto insoslayable: no pueden ser interrogados. A raíz de ello, surge Proyecto Aprendiz, una iniciativa única que actualmente es organizada por el Museo del Holocausto de Buenos Aires.

Según la propia web del programa, Proyecto Aprendiz es “una cadena viva de relatos orales encarnados en jóvenes” que luego de varios encuentros, en un marco íntimo y personal con sobrevivientes de la Shoá –las/os Maestras/os–, asumen el compromiso de continuar con su legado, transmitiendo su historia y la esencia de sus valores. Lamentablemente, el correr de los años amenaza con dejar a las futuras generaciones sin los relatos únicos de los testigos que vivieron en primera persona aquel horror. Por ello, las/os Aprendices tenemos la gran responsabilidad de mantener vivo el testimonio oral de las/os sobrevivientes. Nuestras voces, eco de aquellas otras que alguna vez fueron silenciadas, tienen un efecto multiplicador: podrán enseñar a otras voces y estas a otras más. De este modo, se podrá mantener viva la memoria de las/os Maestras/os sobrevivientes por siempre.

Sobrevivir para contar: la historia de Lea Zajac Novera

Lea Zajac Novera es sobreviviente de la Shoá y, además, mi abuela del corazón. En 2017, cuando participé del Proyecto Aprendiz, me comprometí a asumir su voz para continuar con su invaluable legado. Afortunadamente, no soy la única. Lea participó del proyecto cinco veces, por lo que somos cinco voces las que transmitiremos su historia. A sus 93 años, Lea mantiene el espíritu libre y lleno de vida de aquella joven a la que le arrebataron cruelmente su adolescencia, su familia y todos sus sueños.

En nuestros encuentros semanales durante el Proyecto Aprendiz, sentadas en el sillón de su casa, agarradas de la mano, Lea me contó su historia. Sus palabras han penetrado en lo más profundo de mi ser, convirtiéndose en la voz que hoy escribe estas líneas.

Lea recuerda su infancia en Michalowo, una pequeña ciudad de Polonia, como la época más feliz de su vida. Allí vivía rodeada del amor de su familia. El 1 de septiembre de 1939, el mismo día en que Lea iba a comenzar el secundario, cayeron las primeras bombas que dieron inicio a la Segunda Guerra Mundial. Afortunadamente, como su ciudad natal había quedado bajo dominio soviético (de acuerdo a lo establecido en el Pacto Ribbentrop-Molotov), pudieron continuar con su vida “normal” durante un par de años más.

Sin embargo, el 22 de junio de 1941, Hitler rompió el Pacto al invadir la región oriental de Polonia, dentro de la cual se encontraba Michalowo. Semanas más tarde, los nazis llegarían a esa ciudad, anotarían los nombres de las familias judías y las llevarían –a las mujeres y niñas/os en camiones y a los varones a pie– hasta el ghetto de Pruzhany.

Una vez en el ghetto, Lea –con tan solo 14 años– comenzó a sufrir el tortuoso hambre y la constante deshumanización a los cuales debió enfrentarse durante los siguientes cinco años que vivió como prisionera. Ella recuerda que a veces se escapaba de la diminuta habitación en la que vivía con su familia para que el pequeño trozo de pan que le correspondía a ella le tocara a su hermanito Motele. Mientras tanto, ella se juntaba con unas amigas a cantar. “Cantábamos para olvidarnos del hambre”, me cuenta con ojos tristes.

Resistir a la deshumanización: sobrevivir en Auschwitz

Corría 1943 cuando les informaron que iban a liquidar el ghetto. Lea y su familia partieron en el segundo tren a Auschwitz, hacinadas/os en un vagón para ganado: sin comida, acechadas/os por el miedo, la angustia, gritos y llantos. Al tercer día de viaje se abrieron las compuertas del vagón y –según relata Lea– cayó “una masa hedionda de gente, porque en ese momento ya no éramos seres humanos”. Habían llegado al infierno terrenal: el campo de concentración y exterminio Auschwitz-Birkenau.

Al llegar al campo, debió enfrentar la primera selección que sentenciaba la vida o la muerte: izquierda, derecha, izquierda, derecha. La madre de Lea, Ester, desde arriba de un camión –con Motele en brazos– que en pocos minutos se dirigiría a las cámara de gas, vio que del otro lado, a la derecha, había sido seleccionada la tía Sara junto a otras mujeres jóvenes y (dentro de todo) fuertes. “¡Lea, corré!”, le gritó. Sin dudarlo un segundo, Lea –que había sido seleccionada a la izquierda– se escabulló y logró pararse al lado de su tía, junto a quien sobrevivió. Su hermana menor, Henia, corrió tras de ella. Pero a Henia la divisaron, la apalearon y la metieron en el camión. Hasta hoy en día, Lea recuerda la última mirada de su madre.

Una vez rapada, desnudada a la fuerza y tatuada, Lea perdió todo atisbo de sensibilidad y fue convertida en el número “33.502”, que aún se lee en su brazo izquierdo. “Si yo sobreviví, no fue por ser más fuerte o más inteligente, sino por haber logrado conservar mi humanidad. Esa era nuestra lucha: no perder la humanidad”.

Los primeros meses en el campo fueron los peores. Soportar el recuento de todas las madrugadas a la intemperie –muchas veces, bajo la nieve o las tormentas– y la selección para la cámara de gas todas las semanas era de por sí un acto heroico. Ello sin mencionar los trabajos forzados, las golpizas diarias, la deshumanización constante y el hambre atroz. Reproducir aquí todos los aberrantes acontecimientos ocurridos durante su permanencia en Auschwitz nos ocuparía un libro entero.

“Si no soy yo, ¿quien?, y si no es ahora, ¿cuando?”

Luego de dos años sobreviviendo a tan inhumanas condiciones, aún faltaba descender al último peldaño del infierno: las marchas de la muerte. En enero de 1945, los nazis anunciaron que iban a evacuar el campo. Las marchas duraron aproximadamente cuatro meses interminables: las/os prisioneras/os caminaban por la nieve, sin comida, sin abrigo y sin la dignidad que con tanto ensañamiento les habían arrebatado.

Hasta que, por fin, la madrugada del 22 al 23 de abril de 1945, Lea y Sara recuperaron su libertad. Aquella madrugada, mientras dormían en un galpón de alguna ciudad de Alemania, el ejército ruso llegó y se desató allí afuera una batalla contra los soldados alemanes. Cuando los sonidos cesaron, las mujeres abrieron sigilosamente la puerta del galpón y se encontraron con que no había ningún nazi cerca. Eran libres. Sin embargo, estaban solas en el mundo: sin nada, ni nadie. Paradójicamente, aquel era el día más desdichado de sus vidas.

A lo lejos, vieron un tanque ruso. Las mujeres salieron corriendo a su encuentro. “Nos podrían haber matado. Ellos no sabían quienes éramos, no parecíamos seres humanos”, recuerda. Un soldado salió del tanque y Lea, que hablaba ruso a la perfección, comenzó a contarle quiénes eran y que habían perdido a toda su familia en las cámaras de gas de Auschwitz. La cara del soldado, embadurnada con grasa, quedó marcada por el recorrido de las lágrimas que caían por su mejilla. Aquel día, por primera vez, Lea alzó su voz para poner palabras a lo inenarrable y dar vida a tantas muertes inocentes. “Si no soy yo, ¿quién?, y si no es ahora, ¿cuándo?”, se pregunta.

A Lea y Sara les llevó aproximadamente un mes regresar a su hogar en Polonia. Rápidamente, Lea comenzó a contactarse con familiares que tenía en Argentina con la esperanza de huir de aquella Europa de posguerra. En 1948, logró llegar a la Argentina de manera clandestina, vía Uruguay. Años más tarde, formó una familia con Marcos Novera –también sobreviviente de la Shoá– con quien tuvieron dos hijos. Hoy, Lea tiene cinco nietas/os y un bisnieto.

Apasionada de los libros, la historia, los idiomas y la música clásica, Lea ha dedicado su vida entera –desde el día de su liberación hasta hoy– a brindar testimonio. Contar le permite honrar la memoria de su familia asesinada en las cámaras de gas de Auschwitz; pero también, paliar la culpa que aún la invade por haber sobrevivido sin su familia. Cada vez que cuenta su historia, vuelve a revivirla. Sin embargo, ese dolor insoportable que se refleja en su mirada al recordar aquellos años no la ha detenido en su misión de transmitir la memoria de la Shoá, para que nunca más vuelva a repetirse.

El silencio condena al olvido a la memoria. Convertir ese silencio desgarrador en palabras es mantener viva la memoria de las víctimas de la Shoá. Por ello, alzar sus voces y contar sus historias es una tarea que no solo les compete a las/os sobrevivientes que aún pueden y quieren hacerlo, sino que ahora también es responsabilidad de las/os aprendices y de todas las voces que se sumen y decidan seguir transmitiendo estos testimonios. Solo así lograremos formar una cadena infinita de relatos que procure ponerle nombre y rostro a tanta muerte y deshumanización. Y, de ese modo, que las memorias de la Shoá jamás se olviden.

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