¿Cómo ayudar a un Estado fallido?

Por Jonathan S. Tobin 

El desastre acaecido en Beirut la semana pasada epitomiza todos los males del Líbano. Pero no tenemos que esperar a lo que diga una investigación sobre la explosión en el puerto de la capital libanesa que dejó más de 150 muertos para saber lo que va mal en el País del Cedro.

El problema con el Líbano no es sólo que está en gran medida en manos de Hezbolá. Ni que Hezbolá sea en primer lugar una organización terrorista de base étnica que recibe órdenes de los tiranos teocráticos que gobiernan Irán. Estos hechos, por sí solos, podrían condenar a una nación enfangada en conflictos que no son de su interés y que sólo benefician a un Irán empeñado en conquistar la hegemonía regional. 

El desastre libanés va más allá de Hezbolá. Se remonta a su mera fundación como país independiente tras la I Guerra Mundial, cuando los Aliados se repartieron los restos del Imperio otomano. El Reino Unido se hizo con el Mandato de la Sociedad de Naciones para Palestina y con el control de Irak. Los franceses recibieron un mandato en el Líbano y Siria. Se trazaron de manera arbitraria las fronteras de esas nuevas entidades, ignorando cualquier sentimiento de nacionalidad compartida por parte de las poblaciones locales.

Los franceses tenían vínculos con el Líbano desde la época de las Cruzadas, a la que remiten sus orígenes los cristianos maronitas. A fin de dar más poder a esa comunidad católica, París hizo que las fronteras del Líbano abarcaran un territorio más vasto. Pero eso garantizaba que los cristianos no gozarían de una mayoría estable y tendrían que compartir el país con musulmanes suníes y chiíes y con drusos, comunidades enfrentadas desde tiempo inmemorial.

A fin de facilitar la puesta en común de esa entidad políglota, los franceses contribuyeron al alumbramiento de una Constitución cuya fórmula básica se mantendría una vez el Líbano consiguió la independencia, durante la II Guerra Mundial. Se trata de un esquema complicado por el que el presidente habría de ser cristiano y el primer ministro, suní, mientras el Parlamento seguiría una composición estrictamente sectaria con una ratio permanente de cristianos-musulmanes de 6 a 5, aun cuando los segundos acabaran sobrepasando de largo a los primeros. Era una receta para la guerra civil intermitente, que es lo que ha ha habido en el curso del último medio siglo, con los musulmanes, sobre todo los chiíes, muy vinculados a Irán, alcanzando el predominio.

Lo primero que hay que tener claro es que el Líbano no es un país en ningún sentido significativo. Es un lugar en el que las belicosas tribus encerradas en sus fronteras guerrean entre sí, como sucede en la vecina Siria, que ahora ve remitir su propia guerra civil, provocada por conflictos religiosos y étnicos, que se ha cobrado medio millón de vidas y ha generado al menos 5 millones de refugiados. Prácticamente lo mismo cabe decir de Irak, que es, como EEUU ha comprendido amargamente luego de la invasión de 2003 y el derrocamiento del dictador Sadam Husein, también un cóctel explosivo de odios étnicos y religiosos.

En el Líbano, en estos momentos Hezbolá, sostenido por Irán y los chiíes, está por encima de todos los demás grupos. Si el conflicto religioso y étnico no fuera el factor determinante de la vida civil y comunitaria, el Líbano sería un país bello y próspero, como de hecho lo fue durante un muy breve periodo de tiempo. En cambio, es un lugar devastado por los conflictos y un caso perdido en términos económicos.

Las informaciones sobre la ira de los libaneses por la pésima gestión de su Gobierno tras la hecatombe del puerto son paradigmáticas de la frustración acumulada durante decenios. Pero mientras aquellos hablan de deshacerse de todos sus líderes, no hay una fórmula de gobierno concebible que satisfaga a las tribus en pugna.

En los últimas décadas, tanto EEUU como Israel se han visto atrapados en las querellas libanesas, sin obtener beneficio alguno. El sur del Líbano llegó a ser una suerte de Estado dentro del Estado que amenazaba a Israel y controlaban los palestinos, hasta que la Guerra del Líbano de 1982 acabó con él. Israel ocupó partes del sur del país para mantener seguras sus comunidades del norte, hasta que el entonces primer ministro Ehud Barak ordenó una precipitada retirada en 1999. Lo que llevó a que la zona se convirtiera en un enclave terrorista de Hezbolá, lo que desencadenó otra guerra fútil en 2006. En la actualidad sigue siendo una plataforma de lanzamiento para las decenas de miles de misiles que Hezbolá tiene apuntados contra Israel, lo cual llevará a otra guerra en caso de que Irán así lo desee.

La pregunta que hemos de responder no es sólo qué habría que hacer con Hezbolá e Irán, sino si hay algo que pueda hacer Occidente para transformar radicalmente dichos países.

Gran parte del mundo quiere ayudar al Líbano a recuperarse de la catástrofe del puerto (incluido Israel, aunque los libaneses no quieren su ayuda porque en su país el Estado judío es demonizado como en el resto del mundo árabe). Francia está tomando la iniciativa en este punto. Pero nadie se muestra optimista respecto de una solución permanente para los problemas que posibilitaron que se produjera la catástrofe, porque no la hay. No hay manera de arreglar el Líbano si no es por medio de una invasión o reinventándolo en términos modernos y democráticos. Pero, como ha demostrado EEUU en Irak, se trata de un imposible.

Podemos aducir que el Líbano, como Siria e Irak, es un vivero de terroristas que no podemos permitir caiga en manos de los malos. Aun así, el idealismo que llevó a los americanos a creer que esos países podían rehacerse a la manera occidental se ha demostrado ilusorio. Podemos y deberíamos desear lo mejor a esos pueblos, y mandarles ayuda si desean poner fin a las querellas ancestrales que alimentan los baños de sangre y les reducen a la miseria. Pero habrán de hacerlo por sí solos. Quien critique la negativa de la mayoría de los americanos a una mayor implicación militar no será ecuánime ni realista.

Habría que apoyar a Israel en sus esfuerzos por asegurar que la violencia en el Líbano y Siria no se esparce. Y Occidente debería seguir sancionando y aislando a Irán para impedir que cometa más fechorías. Además, la gente sensata debería apoyar a Israel en su rechazo a la creación de un Estado palestino que sería una calamidad como lo son el Líbano y Siria.

Durante demasiado tiempo, EEUU se ha guiado por el espejismo de que puede arreglar Oriente Medio. Pero las masacres de Siria e Irak, y la catástrofe que es el Líbano, debería recordarnos que lo único sensato en lo relacionado con este sucedáneo de países es no enredarse en sus interminables y fútiles conflictos internos.


© Versión original (en inglés): JNS

© Versión en español: Revista El Medio

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