¿Es Israel un país ingobernable?

Allá por diciembre del 2018, hace más de mil años, la Knesset se disolvió y con ese acto declararon el 9 de abril del 2019 como fecha para elecciones parlamentarias. La fecha original para las elecciones debía ser en noviembre aquel año, pero Avigdor Liberman y su partido abandonaron la coalición, y él mismo renunció a su puesto de Ministro de la Defensa con lo cual Netanyahu quedó con una coalición de 61, la mínima requerida para gobernar. El proyecto de ley de conscripción para los religiosos perdió el apoyo del partido de Yair Lapid y con ello el gobierno quedó a merced de los partidos pequeños y Netanyahu quedó prácticamente desprotegido. Sin apoyo de coalición para aprobar el presupuesto anual, en diciembre de 2018 decide la coalición adelantar las elecciones.

Las elecciones de abril del 2019 representan un cambio radical en el plano político del país, ya que nuevos personajes entran al juego y de salida convierten al partido laborista, el partido que creó el país, en obsoleto y prácticamente inexistente. Los nuevos elementos son la coalición centro-derecha de Beny Gantz y Yair Lapid, Lapid como base y partido establecido, y Gantz como la figura que se puede enfrentar a Netanyahu y desbancarlo.

Un cambio dramático sucedió entonces: Liberman, quien había apoyado incondicionalmente a Netanyahu desde el 2009, se pronunció prácticamente en contra de un gobierno exclusivo de derecha con Netanyahu como su líder y con el tiempo, forjó un empate entre los dos campamentos del cual el país no ha podido librarse.

Yendo en cámara rápida, y llegando al día de hoy, Israel ha pasado desde ese fatídico día en diciembre del 18, tres elecciones y un sinnúmero de crisis políticas. Habiéndose declarado uno y otro campamento victoriosos después de cada elección, nadie ha podido lograr la formación de una coalición que le permita a alguno de los dos líderes gobernar.

El Coronavirus y las elecciones.

El 2 de marzo de este año, bajo la sombra de lo que ya se presentaba como una crisis de salud mundial, se llevaron a cabo las terceras elecciones de esta tanda, y para no cambiar el tinte, de nuevo un lado se declaró ganador. Y no lo fue.

Hay que aclarar que la retórica en tiempos de elecciones se ha vuelto más y más inflamatoria y agresiva conforme pasan los años. Hay una división dentro del país y una agresividad en los tonos que parece imposible que las cosas vuelvan a la normalidad.

Los cargos criminales en contra de Netanyahu, y su subsecuente juicio, lo han llevado a tomar decisiones zigzagueantes que han llevado al país a un torbellino de incertidumbre tanto política, como social y económica. Su juicio, que ya comenzó pese a todos sus esfuerzos por evitarlo, le tendrá ocupado durante gran parte de su tiempo. Hay quienes opinan que, a pesar de haber obtenido venia por parte de la Suprema Corte para poder desempeñarse como Primer Ministro, tiene que dejar el poder ya que su atención no será plena en un trabajo que requiere estar 24 horas del día en alerta. Hay también quienes dicen que su toma de decisiones será dañada ya que su interés personal, y su libertad, estarán por encima de los intereses del país. A todo esto, Netanyahu se rehúsa a abandonar el poder.

Y al final de la crisis política del país hay una sola persona, y ese es Netanyahu. El actual Primer Ministro, y que lo ha sido en forma acumulativa 14 años y actualmente los últimos 11 y medio sucesivos, es la causa de la crisis. Ha polarizado al país, lo ha dividido, ha prendido el fuego del odio y la división, y ha traspasado los límites de la legalidad de la fuerza de su puesto. ¿Suena familiar?

La narrativa política de Netanyahu, desde el primer día que asumió el poder en 1996 y a través de todos sus años como líder del Likud y como Primer Ministro del país, ha sido la de “divide y vencerás”. En su propio partido ha ido eliminando a todos los que se atreven a criticar sus políticas o su comportamiento público. Desde Dan Meridor y hasta Beny Begin, ha inflamado a su base de apoyo en contra de sus contrincantes. Cada político de derecha que se ha atrevido a criticarlo ha corrido con la misma suerte.

La oposición no ha sido inmune a este tratamiento, Desde llamar a sus opositores “traidores a la patria” hasta acusarlos de vender al país, Netanyahu ha creado un ambiente en el que presentar o sugerir una alternativa a su gobierno raya en alta traición.

Un país que se siempre se jactó de ser una democracia pluralista se ha convertido en una especie de dictadura institucional. Cada cosa que Netanyahu usó para subir al poder y acusó a sus oponentes, él la ha hecho peor. Netanyahu, como jefe de la oposición en el gobierno de Olmert, acusó al entonces Primer Ministro de tomar decisiones que afectaban al país para proteger su status y su posición de Primer Ministro. Se pasó dos años diciendo que un Primer Ministro contra el que existen investigaciones criminales no puede seguir en su puesto, y aquí lo vemos a él, después de 5 años de investigaciones criminales que culminaron en 4 acusaciones y juicio por corrupción y abuso de poder, negándose a abandonar el poder.

Nadie niega la habilidad política de Netanyahu, aún y si cualquier político que haya sido durante más de 11 años consecutivos Primer Ministro, vaya a tener muchos logros y también muchos errores. Pero ahora está en la balanza el futuro democrático del país. Netanyahu ha ido muchos pasos adelante, ha entrado a territorios en donde jamás ningún Primer Ministerio se había atrevido pisar, en intentos de legislar leyes que engrandezcan el poder y la inmunidad criminal del Primer Ministro y a su vez limiten la fuerza de las cortes judiciales.

En su intento fallido de volver a reelegirse ya tres veces, ha polarizado de una forma muy peligrosa a una sociedad de por sí muy dividida, y lo ha hecho con el único propósito de mantenerse en el poder, a toda costa.

Y para acabar, el manejo de la crisis de la pandemia del Coronavirus ha sido un total fracaso. El país se encuentra en las listas de semáforo rojo de todos los países. El desempleo ha flagelado a la población, hay casi un millón de desempleados en un país con 9 millones de habitantes, y en su empeño por mantener el poder a toda costa ha paralizado al país sin un presupuesto viable ya dos años.

El sacrificio político que hizo Gantz al unirse a Netanyahu en un gobierno de unidad nacional fue un acto muy loable de su parte, pero muy estúpido al no reconocer con quién se estaba metiendo a formar una coalición. Pensó que Netanyahu el patriota sería su socio político, y se encontró a Netanyahu el político cínico y egoísta, el que está dispuesto a quemar el país antes de dejar el poder.

Los acuerdos de coalición han sido transgredidos, uno tras otro, por Netanyahu a so pretexto de la crisis actual, sin tener en cuenta que hay un país de por medio, un país que se está consumiendo en las llamas del odio y de la división. Un país que requiere de un gobierno que atienda las cuestiones de defensa, económicas y sociales que han sido abandonadas durante dos años. Un país que no sabe cómo enfrentarse al terror de los incendios de globos provenientes de Gaza. Un país que no tiene respuesta a una crisis económica que amenaza con acabar con la clase media.

Y a mi pregunta original, ¿es Israel un país ingobernable?

Hay dos respuestas, la primera: mientras Netanyahu sea parte de la ecuación, sí, el país será eternamente ingobernable. Y la segunda es: Israel puede volver a ser una democracia funcional en el momento en el que Netanyahu tenga a bien hacerse a un lado y dejarnos vivir en paz. Eso es todo lo que queremos.

Es evidente que la persona que sustituya a Netanyahu, el día que eso suceda, como Primer Ministro, va a tener una misión colosal. Su primera tarea será, indudablemente, tratar de sanar las heridas de la profunda división que va a dejar el actual Primer Ministro como herencia nada deseable. Que Dios nos ayude.


Por David Sarnow
Fuente: Diario Judío

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