Nubes Oscuras en el Cielo de Washington

Las elecciones norteamericanas y la crisis más grave desde la Guerra Civil

Introducción.

La asociación de la actual situación política de los Estados Unidos con la Guerra Civil (1863-1866) no proviene de un medio sensacionalista, sino del sitio Real Clear Politics, uno de los más serios, respetados y políticamente neutros del panorama actual. Algo que no es muy fácil de lograr en estos días. Los medios más conocidos y tradicionales, se convirtieron en meras usinas de propaganda -no siempre veraces- de uno u otro bando partidario. El nivel de divergencia que existe en el Congreso entre los legisladores demócratas y republicanos no tiene precedentes en más de un siglo. Casi no hay diálogo entre ellos, así como tampoco lo hay entre sus bases, que se volvieron sectas hostiles, aisladas entre sí, y con discursos autoreferenciados. Cada uno está en su propia burbuja. Si bien es cierto que en los años '60 se vivieron momentos de gran turbulencia, la clase política, dando muestras de madurez, actuó como un colchón institucional que sirvió para amortiguar las pasiones de la época, y así mantener la solidez del sistema. En 2020, esa madurez que se expresaba entre los líderes del Congreso, sencillamente ha desaparecido.

El verano de George Floyd.

George Floyd murió asesinado por el agente Derek Chauvin, de la policía de Minneapolis, el 25 de mayo de 2020; había sido arrestado por un delito menor y murió cuando se hallaba en custodia policial. Todo el episodio fue filmado. En tanto que Floyd no parece resistirse al arresto -más bien se ve atemorizado- el policía Chauvin no duda en aplicar una técnica destinada a reducir delincuentes peligrosos, que eventualmente puede producir asfixia. Así que fue como George Floyd encontró la muerte.

Su trágico deceso desencadenó una ola de protestas a lo largo y ancho de los Estados Unidos, bajo la óptica de un doble cristal: brutalidad policial y odio racial. En tanto que la brutalidad era bastante clara, los motivos raciales del asesinato de Floyd nunca fueron demostrados. Es posible que su muerte haya sido un accidente producto de la mala praxis

del agente Chauvin, o bien que haya habido algún oscuro móvil personal (al parecer Chauvin y Floyd se conocían por haber trabajado ambos como custodios en un club nocturno de los bajos fondos de Minneapolis). No obstante, sirvió de excusa para desatar una ola de motines que excedían con mucho la cuestión racial. Las protestas adquirieron una magnitud inusitada y se volvieron rápidamente violentas, derivando en la destrucción de edificios y locales comerciales, incendios, agresiones a las fuerzas del orden, y fundamentalmente, vulgares actos de pillaje y saqueo. Varios estados se vieron obligados a recurrir a la Guardia Nacional para restablecer el orden, y el propio presidente Trump llegó a invocar el empleo de militares, si la fuerzas de seguridad se viesen desbordadas. De hecho, la propia Casa Blanca fue atacada por "manifestantes", el 31 de mayo, causando heridas a una docena de agentes de la custodia presidencial.

Aquí se puso en evidencia por primera vez, de manera cruda, la brecha existente entre demócratas y republicanos. En tanto que las manifestaciones, que, al contrario de lo que se dijo, raramente eran pacíficas, producían actos de violencia y vandalismo contra todos aquellos que no le simpatizaran -los testimonios fílmicos acerca de ello abundan en Internet- el Partido Demócrata fue incapaz de articular una condena real y efectiva, no ya contra los reclamos, sino al menos contra la violencia vandálica exhibida por los manifestantes. Más bien pareció ponerse de su lado, privilegiando simpatías ideológicas por sobre el mantenimiento de la ley. Incluso el propio candidato presidencial Joe Biden tardó largos e interminables días en pronunciarse -tibiamente- en contra de la violencia, cuando ya se hacía evidente que las manifestaciones habían dejado de ser del agrado público. Trump, rápido de reflejos, no tardó en ubicarse del lado de "la ley y el orden" (según sus propias palabras) y el Partido Republicano se encolumnó tras él.

Black Lives Matter.

Black Lives Matter ("La Vida de los Negros Importa") o BLM, por sus siglas en inglés, es una organización marxista. Esta afirmación no responde a una valoración subjetiva, sino a los dichos de sus propios fundadores, Patrice Cullors, Alicia Garza y Opal Tometi. En una entrevista de 2015, Cullors se definió a sí mismo, al igual que a sus colegas, como un marxista entrenado bajo el formato ideológico. También dijo que el propósito de su organización era crear un movimiento que enrolara afroamericanos en gran número. Los contenidos de su carta orgánica, así como la de su organización "madre", Black Lives Matter Global Network, son claramente marxistas. BLM está vinculada a ONGs de extrema izquierda, tales como People Organized to Win Employment Rights, o Labor/Community Strategy Center, de Eric Mann, convicto en los '70 por actividades terroristas. Algunos

medios afines al Partido Demócrata -como por ejemplo el New York Times- intentaron lavar la imagen de BLM, pero sin demasiado éxito. La evidencia es incontestable.

También es de orientación comunista su organización hermana, "Antifa", por "Antifaschistische Aktion", en alemán (impronunciable en inglés), o "Acción Antifascista" en español. Antifa es algo así como una franquicia multinacional comunista, cuyo objetivo general parece ser el desorden y los motines urbanos. Antifa viene actuando en los Estados Unidos desde hace varios años. Abundan en Facebook y otras redes sociales, videos en los que militantes de Antifa hacen simulacros de lucha en las calles. Increíblemente, estos videos, subidos por testigos ocasionales munidos de un celular, no parecen haber despertado ninguna suspicacia en el FBI u otras agencias. Al menos hasta mayo pasado, cuando salieron a la calle junto con BLM.

Al parecer Black Lives Matter, que se fundó en 2013 por un supuesto caso de violencia policial contra un afroamericano, utiliza la cuestión racial como pantalla para captar seguidores, algo que ha hecho con gran éxito. Sin embargo, la rapidez con que se desencadenaron los tumultos, y la coordinación entre ellos, hacen pensar que había algo más que espontaneidad y WhatsApp en su gestación. Hay que recordar que suele haber disturbios en los años electorales. O al menos, eso es lo que ocurrió en 1968, 1972, 1980 y 1992 (aunque no siempre con la misma intensidad). Los manifestantes hacían reclamos que luego se convertían en lemas de la campaña demócrata. También hay que tener en cuenta que existen fuertes intereses económicos contrarios a la reelección de Donald Trump. Sillicon Valley, por ejemplo, se ve castigada por los aranceles de importación a productos chinos. Llamativamente (o no), varios gigantes tecnológicos se han manifestado abiertamente hostiles al presidente Trump.

La izquierda norteamericana ha abrazado la causa del racismo como su gran ícono. Es un fenómeno interesante: el racismo institucional en los Estados Unidos murió de muerte natural en algún momento, medio siglo atrás, después de Martin Luther King. A falta de alguna causa nueva que les sirva de bandera, los "socialistas" estadounidenses desempolvaron una vieja. El racismo institucional resultó ser una buena idea: aunque sea inventado, es indefendible. Después de todo, no hay nada más fácil que matar a un muerto. Los muertos, como el racismo, no se pueden defender.

Estatuas y policías.

La causa del racismo fue la que disparó los motines en mayo y junio, pero pronto surgieron otras. Ecología, revisionismo histórico, anticapitalismo, veganismo, ideologías de

género, abortismo, globalismo y otras varias más, convirtieron al tumultuoso verano norteamericano en una colorida vidriera ideológica, aún cuando el coronavirus todavía no había cedido. Se sumaron también los anti-cuarentena, los militantes pro-armas y los supremacistas.

Víctimas inesperadas de la furia callejera fueron las estatuas. Las distintas agrupaciones descargaban su rabia inquisidora hurgando en el pasado de figuras heroicas o emblemáticas, para ver si encontraban en sus vidas algún vestigio de racismo, aunque mínimo, para justificar el derribo de sus estatuas. Así fue como cayeron las de Cristóbal Colón -que nunca tuvo esclavos ni pisó suelo norteamericano-, Winston Churchill -que tampoco tuvo esclavos, pero sí enfrentó a los nazis-, y también de los Padres Fundadores. El gobierno, harto de los desmanes, terminó por enviar fuerzas federales a proteger los monumentos más importantes.

Sin embargo, una de las causas más pintorescas perseguidas por los manifestantes, fue la llamada "Defund the Police" (quitar fondos a la policía). Argumentando que la policía es la que genera la violencia (y no los delincuentes), reclamaron que se les quite presupuesto a las agencias policiales, o incluso que, lisa y llanamente, se las desmantele. Esta idea, la del desmantelamiento policial, fue sostenida pomposamente por figuras de Hollywood y del ambiente artístico. Lo cual no dejaba de ser irónico, teniendo en cuenta que suelen moverse rodeadas de ejércitos de guardaespaldas. En Nueva York, el alcalde Bill De Blasio llevó adelante la reforma policial, desmantelando la división anticriminal. El resultado no se hizo esperar: Nueva York aumentó su tasa de crímenes violentos a un nivel sin precedentes en más de 35 años. El periódico The New York Post publicó un editorial que reflejaba claramente la situación. Su título era: Bill De Blasio canta "Imagine" mientras su ciudad está en llamas. Hoy, Nueva York volvió a ser una ciudad tan peligrosa como lo fue en el pasado.

Siguieron sus pasos Los Ángeles, San Francisco, Chicago, Minneapolis (ciudad donde empezó todo), Portland, Nueva Jersey... y Seattle. En esta última ciudad, ante la complacencia del gobierno municipal, un sector de la ciudad, al que llamaron CHAZ (Capitol Hill Autonomous Zone) quedó, efectivamente libre de policías, luego que los manifestantes destruyeran la comisaría del lugar. No conformes con ello, colocaron barricadas para impedir el retorno de los uniformados. Cuando la autoridad se restableció finalmente en CHAZ -varias semanas más tardes- lo que encontró fue una zona de desastre, en donde se habían producido robos, violaciones, usurpaciones, asesinatos y todo tipo de delitos violentos.

Los judíos y la Asociación Nacional del Rifle.

Los movimientos callejeros del 2020 hicieron gala de un antisemitismo rampante, más o menos disfrazado de antisionismo. En el pasado, el Partido Demócrata tenía sumo cuidado de no albergar exponentes antisemitas en su seno, pero ahora no. La nueva generación demócrata alberga ejemplares tales Ilhan Omar, Rashida Tlaib -ambas congresistas, ambas musulmanas-, cuyas manifestaciones anitsemitas son realmente descaradas y vergonzosas.

No son las únicas. Siguen en la lista Linda Sarsour, una palestina naturalizada que lucha por los derechos de la mujeres... mientras se cubre con la cabeza con el manto musulmán tradicional. Alexandra Ocasio Cortez, que no es árabe ni musulmana, pero si extremista de izquierda, al igual que Bernie Sanders. Sanders, que fue precandidato demócrata, es judío proveniente de Brooklyn y alguna vez hizo campaña con afiches escritos en yiddisch. Pero pasó su luna de miel en Rusia... cuando todavía era la Unión Soviética. Alexandra Ocasio Cortez, apadrinada por Sanders, se hizo conocida por sus errores acerca de la historia norteamericana... y por ser negadora de la Shoah. En 2019, rechazó desdeñosamente la oferta de un sobreviviente de acompañarla a visitar los campos de la muerte, en Polonia. El sobreviviente tenía más de 90 años.

La participación judía en la etapa actual de la política norteamericana es activa e intensa, pero dividida. Tan dividida como el resto de la sociedad. Hay exponentes judíos muy visibles en los dos campos. No obstante, las pintadas antisemitas en las paredes de instituciones judías, las amenazas (tanto de Black Lives Matter como de supremacistas blancos) y algunas agresiones físicas, hicieron temer que, en algún momento, se produjese una suerte de pogrom. Este sentimiento fue especialmente fuerte en California, donde ya existía el antecedente cercano de un hecho de violencia (en la ciudad de San Diego). El 11 de junio pasado, la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) publicó en Instagram la noticia que un grupo judío, llamado Magen Am USA, dirigida por el rabino Yossi Elifort, estaba entrenando a jóvenes judíos en el manejo de armas de fuego para brindar seguridad a sus comunidades y sinagogas. La noticias causó alboroto: en general, la comunidad judía de california es de las más liberales del país, y por lo tanto se suponía que estarían en contra de la tenencia -y uso- de armas de fuego. Pero no fue así.

No sólo los judíos se armaron en California. La compra de armas por parte de civiles fue todo un récord en 2020. En California, y en los otros 49 estados de la Unión. Hasta fines de julio, dos y medio millones de nuevos usuarios de armas se incorporaron a las filas de la NRA, al menos en lo emocional, al ejercer el derecho constitucional de armarse para defender sus vidas, las vidas de su allegados, y sus viviendas y propiedades. La NRA, por su

parte, batió también su propio récord de asociados, que alcanzó un pico histórico. El movimiento anti-armas, en cambio, perdió la batalla pública, sepultado por las protestas violentas, el desmantelamiento de la policía y la ola de criminalidad que volvió a azotar a las grandes urbes, de una manera que no se veía desde los años '70 y '80.

Una paradoja de la época es que la criminalidad en los Estados Unidos descendió significativamente durante la presidencia de Bill Clinton. Una de las medidas que tomó Clinton en su momento fue aumentar las penas y la cantidad de policías en las calles, exactamente lo contrario a lo que pregonan ahora los ideólogos demócratas. Pero Bill Clinton no fue presidente por el Partido Republicano.... Bill Clinton fue un presidente demócrata.

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