“El arte más allá de las fronteras”. Por Susana Grimberg

 


Susana Grimberg. Psicoanalista, escritora y columnista.

“Cuando Dios le ordenó construir un arca, se sirvió de la palabra teva que en hebreo significa arca y palabra: “será gracias a la construcción de la palabra como sobrevivirás al diluvio”.

Cuento jasídico mencionado por Elie Wiessel.

“El arte da al hombre la experiencia de vivir en un mundo donde las cosas son como deberían ser. Esta experiencia es de crucial importancia para él: Es su salvavidas psicológico. Dado que la ambición del hombre no tiene límite, dado que su búsqueda y logro de valores es un proceso que dura toda la vida -y cuanto más elevados los valores, más dura es la lucha-, el hombre necesita un momento, una hora, cierto período de tiempo en el cual pueda experimentar el sentido de su tarea terminada, el sentido de vivir en un Universo donde sus valores hayan sido exitosamente realizados. Es como un descanso, un momento de repostar combustible mental hacia nuevos logros. El Arte le da este combustible, un momento de alegría metafísica, un momento de amor por la existencia. Como un faro, alzado sobre los oscuros cruces de caminos del mundo, diciendo "Esto es posible”. Ayn Rand

Suelo decir que uno no tiene más fronteras que las que uno se impone. Y el proceder de los pintores que voy a mencionar, le da crédito a mi afirmación. Sin embargo, antes voy a comentar algo sobre la globalización porque ha sido mucho lo que se ha logrado gracias a ella.

Los pintores judíos empezaron a ser conocidos recién a mediados del Siglo XIX, gracias al movimiento de Emancipación que se manifestó en Europa, en ese tiempo. Pocos judíos se habían dedicado a la pintura porque su condición social no les permitía hacerlo libremente y porque la religión prohibía la

representación de las figuras humanas, prohibición que no siempre fue respetada, ni en la antigüedad y menos en la Edad Media por los libros relacionados con los rituales tradicionales.

El Décimo Mandamiento, decretaba que no debían representarse los dioses con estatuas o las imágenes que se hallaran bajo los cielos, sobre la tierra o sobre el mar. Este texto recuerda a que los judíos no debían representar a la imagen de Dios de ninguna manera. Sin embargo, las Escrituras contienen referencias al arte y a sus ejecutantes. En Éxodo 31:3- y Éxodo 35:31-34 se hallan elogios a favor de los maestros artesanos del Templo: ”los dotó del talento para ejecutar toda esta obra de artesano, de artista”. Por otra parte, las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en Israel permitieron constatar que los judíos de los tiempos antiguos nunca se abstuvieron de representar imágenes.

Los partidarios de la Haskalá, impulsaron a los artistas a hacer abstracción de los preceptos religiosos a riesgo de sufrir el anatema de los sectores ortodoxos. La corriente por la cual se inclinaron numerosos artistas llevó entonces al fenómeno del expresionismo judío, impulsó un verdadero ímpetu de renovación a la representación de los símbolos, signos y ritos de la cultura judaica.

Alrededor de 1880 no hubo más de treinta buenos pintores judíos que trabajaban en Europa pero, duró muy poco tiempo, por la invasión de Europa por las tropas nazis.

Con la llegada de la guerra, las persecuciones se generalizaron inmediatamente en los países ocupados y el Holocausto causó la desaparición de numerosos artistas de talento.

Cuando terminó el conflicto la idea de ver por fin nacer a una escuela judía de pintura se había desvanecido pese al éxito mundial obtenido por Chagall. Después de su muerte, en el único lugar donde tuvo lugar un surgimiento artístico equivalente al período anterior a la Shoa, fue en Israel donde numerosos pintores han tratado a menudo temas vinculados con las tradiciones del Judaísmo y su folklore.

Para los pintores judíos, el verdadero comienzo tuvo lugar durante la primera mitad del Siglo XIX cuando se pintaron retratos y algunos paisajes. De hecho, las prohibiciones en la producción artística judía, concernían a la representación de imágenes, además de que varios pintores no judíos, como Rembrandt, doscientos años más tarde habían realizado los retratos de numerosos rabinos y pintado numerosas escenas del Antiguo Testamento.

Expatriados a Paris, Berlin o Viena, permanecieron unidos por sus afinidades y formaron una comunidad unida con otros emigrados no judíos como Picasso, Juan Gris o Kandinsky. De todas maneras, para los franceses continuaron siendo extranjeros y solamente una minoría llegó a sentirse parte de su nueva patria.

Marc Chagall no fue diferente de esos artistas aunque adoptó una aproximación diferente en su manera de trabajar. Muy conocido por sus raíces judías, pintó las escenas que le recordaban su juventud en el Shetl y durante toda su carrera, su inspiración estuvo largamente ligada a la Biblia.

Las numerosas comunidades, construyeron las sinagogas, ricamente decoradas pero, fue la Menorah, cuya existencia se remonta a los tiempos bíblicos y otros objetos de ritual, como los rimmonim (adornos de los Rollos de Torá) las copas para el Kidush y los tejidos bordados que, producidos por artesanos, rivalizaron en audacia artística.

La religión del Libro, rápidamente atraída por la invención y desarrollo de la imprenta durante los siglos XV y XVI dio lugar a que numerosas obras fueran impresas, especialmente los libros conteniendo imágenes como los de Esther y la Hagadah de Pesaj entre otros.

Durante un cierto tiempo, los artistas trataron sobre temas relacionados con sus comunidades pero con el paso de los años, fueron cada vez más numerosos los que los ignoraron. Se puede observar la obra de Chagall por una parte y la de Pissarro por la otra, que no pintó nunca un tema judío en su vida. Los pintores de origen judío que ejercieron su talento a fines del siglo XIX no tuvieron en cuenta las tradiciones judaicas dándole más importancia, en sus obras, a los temas universales o contemporáneos.

Si bien, la artesanía judía no provocaba ningún debate, porque ni Martin Buber o el crítico de arte Harold Rosenberg no le daban ningún lugar de reconocimiento, paradojalmente fueron los nazis los que durante los años 1930 se encargaron de fustigar la existencia de un arte específicamente judío calificándolo de «arte degenerado». Instituyeron un verdadero pogrom artístico a través de toda Alemania, destruyendo las obras de artistas judíos donde se organizaban las exposiciones, denunciando a los otros artistas no judíos, que también practicaban ese arte degenerado.

Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, las persecuciones se generalizaron inmediatamente en los países ocupados y el Holocausto causó la desaparición de numerosos artistas de talento. Cuando terminó la guerra, la idea de ver por fin nacer a una escuela judía de pintura se había desvanecido y eso a pesar del éxito mundial obtenido por Chagall. Después de su muerte, en el único lugar donde tuvo lugar un surgimiento artístico equivalente al período anterior a la Shoa, fue en Israel donde numerosos pintores han tratado a menudo temas vinculados con las tradiciones del Judaísmo y su folklore.

Quiero concluir con este pensamiento de Saúl Bellow, escritor judío, Premio Nobel de Literatura en 1976:

“Sólo el arte penetra lo que el orgullo, la pasión, la inteligencia y la costumbre erigen por todas partes: las realidades aparentes de este mundo. Existe otra realidad, la verdadera, que perdemos de vista. Esa otra realidad siempre nos está enviando señales, que, sin arte, no podemos recibir.”

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