La cuarentena infinita y el amor más allá del tiempo. Por Susana Grimberg

“El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Solo puede intuir o adivinar lo que en verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar que es lo que ha vivido y cuál era su sentido”. Milan Kundera

 


 Secretos de estado

Decidí escribir esta nota luego de las declaraciones vertidas por el presidente Alberto Fernández a Jorge Fontevecchia en una entrevista personal de casi una hora de duración.

Al final de la entrevista, el presidente dio una clase de economía sobre lo que le cuesta a un gobierno una persona mayor, debido a la mayor extensión de la vida del hombre, gracias los avances de la ciencia. 

El problema del presidente fue la forma, las palabras y los tiempos verbales usados para referirse a la clase pasiva, especialmente, donde, si sacamos lo accesorio del mensaje, queda claro el hecho de que si el hombre vive más, puede llegar a erosionar y destruir la economía de un país como Argentina.  

Después de esa afirmación, la pregunta sería: ¿Se debería aplicar algún tipo de eliminación automática de los hombres y mujeres mayores para que el país no sufra tanto desgaste económico? Por supuesto que no, pero lo cierto es que el presidente dejó la duda al respecto.

En los últimos dos minutos de la entrevista, Alberto Fernández se refirió al costo que, para la economía, significa que el hombre viva cada vez más.  

“El mayor problema que tiene la economía es cómo administrarse ante la salud y eso porque la búsqueda de la eternidad es ínsita al hombre; el hombre quiere no morir, quiere vivir el mayor tiempo posible mientras que la medicina le da más recursos para seguir viviendo. Esto tiene consecuencias económicas tremendas, porque 30 años atrás teníamos que mantener a una persona casi hasta los 70 años y ahora lo tengo que mantener hasta los 85 y trabaja menos gente. Y a su vez, mantener una persona con vida cuesta mucha plata por toda la aparatología, la medicación. Dijo, también, que “el ser humano busca la eternidad y que esa búsqueda es muy costosa”.

 La vejez en los tiempos bíblicos.

 “Y Sara. Mujer de Abraham, no dio a luz para él.”

Sara era estéril y no podía tener hijos pese a que un hijo era algo tan natural que los hijos nacían como las plantas. Es el hombre el que es puesto a prueba para superar los límites de lo biológico, por ese motivo suelo hablar de la dimensión transbiológica de la paternidad.

Para que el hijo sea algo más que un fruto vital, para que sea un hijo deseado y no sólo procreado, es necesaria una decisión y elección y no sólo casualidad de encuentros entre semen y óvulos.

Abraham sonrió de incredulidad cuando Dios le dijo que tendría un hijo de Sara. Él tenía ciento veinte años y Sara noventa. Tanto Sara como Abraham, dudaron y sonrieron. 

¿La satisfacción sexual tiene fecha de caducidad?

No. Sólo habría que pensar en Abraham y Sara y en cuando Dios le dijo a Sara que en un año volvería a verla y que, para ese momento, Sara tendría un hijo de Abraham.

Ante semejante ocurrencia, Sara se rió y, quizás, pensó: ‘¿Acaso voy a tener este placer? A lo que Dios respondió: “¿Acaso hay algo imposible para el Señor?  El año que viene volveré a visitarte en esta fecha, Abraham, y para entonces Sara habrá tenido un hijo”. Como ella dudó y se rió, y Abraham también, se eligió el nombre: Isaac, que quiere decir hijo de la risa.

 La vejez en la Grecia antigua y en Roma.

Tanto en la Grecia antigua como en Roma, se pueden apreciar los primeros tratados y escritos de carácter filosófico sobre el valor de los mayores. Sin embargo, la sociedad griega era contradictoria respecto a la vejez porque por un lado se la ensalzaba por la sabiduría que dan los años de vida pero, por el otro, se la consideraba como algo negativo por la proximidad a la muerte.

Las mejoras en higiene, sanidad y alimentación generadas durante la modernidad, hicieron que los mayores comiencen a gozar de más fuerza en la sociedad. Sin embargo, en el Renacimiento (siglos XV y XVI), al retomar lo establecido en la Grecia clásica, se volvió a ensalzar la belleza por encima de todo y la gente mayor fue dejada de lado por no entrar en los cánones de belleza impuestos.

Es recién a partir del siglo XVIII, que se reconoce la importancia de la madurez que, sumada a la experiencia, le daba más sabiduría a la gente mayor.

Rashi, el reconocido exégeta bíblico (Francia, 1040 – 1105) afirmó al referirse al Génesis, que los tiempos de la creación eran tiempos lógicos y no cronológicos, además de enfatizar, según mi interpretación, que la vida pasa por el deseo de vivir.

Las diferentes etapas de la vida. 

En su evolución, el ser humano recorre diferentes etapas: niñez, adolescencia, juventud, adultez y la vejez.

Cada momento es un tiempo que cada uno lo vive a su manera, sobre todo, a partir de la juventud, tiempo de decisiones y de hacerse responsable de las propias elecciones lo que remite al libre albedrío. Por otra parte, no me parece apropiado hablar de tercera o cuarta edad. Todos sabemos que hay jóvenes viejos y viejos jóvenes.

La seducción, el deseo y el amor, son propios a toda edad, sólo que para la cultura occidental, a partir de los griegos y romanos, aparece la idea de que la belleza y lo erótico están muy relacionados con la juventud, concepto que cambió absolutamente a partir de Charles Chaplin, Bergman, Bashevis Singer, Arthur Miler, Saúl Below  y otros escritores y directores de cine.

En el Talmud, no hay ningún elemento prohibitivo de la sexualidad en la vejez, al contrario, hay aliento porque se trata de una sexualidad que no se rige ni por la belleza ni por los modelos ideales, simplemente por un deseo básico de vida, un gusto por el encuentro.

La dificultad para lograr la armonía en la pareja, agravada por la extensísima cuarentena, se debe a la propia condición de seres hablantes, porque si bien la palabra es no toda, según la enseñanza de Lacan, muchas veces se espera que la pareja sea el traductor de las propias necesidades, es más, del propio goce. Ese ideal de conjunción, de complementariedad da cuenta de la ilusión del encuentro que sólo se puede fantasear por la vía del amor.

Es que el amor ha sido y es uno de los temas más importantes para el sujeto porque la misma cultura consiste en un cúmulo de historias que involucran pasiones, violencia, sufrimiento, heroicidad siempre en nombre del amor.

 La sociedad de consumo y el amor.

El sociólogo judío, de origen polaco Zygmunt Bauman, muestra al consumismo como artífice de un deterioro masivo de los sistemas sociales, y marca la tendencia hacia una sociedad introvertida y egoísta que sólo está pendiente del disfrute personal. En pocas palabras: Zygmunt Bauman apela a nuestras conciencias para hacernos mejores personas, seres conscientes de los comportamientos propios y ajenos.

Me interesa destacar la opinión de Paul Virilio (arquitecto y filósofo), porque en sus libros dijo que la velocidad es, paradójicamente, la vejez del mundo. “Llevados por su violencia no vamos a ninguna parte, sólo nos contentamos con partir y abandonar lo vivo en provecho del vacío de la rapidez”. Tras haber significado largo tiempo la supresión de las distancias, la negación del espacio, la velocidad equivale de pronto al aniquilamiento del Tiempo: “se trata del estado de urgencia”.

El judaísmo no le dio a la vejez autoridad por sí misma, pero supo reconocer que los sabios maduran en la vejez. Partiendo del mandamiento honrarás a tus padres, podemos inferir que todos los mayores deben ser respetados, protegidos y escuchados además de saber rescatar sus enseñanzas y aprender de lo que transmiten.

El pedagogo y escritor Jaime Barylko, invita a detener la marcha y apartarnos por un momento del vértigo cotidiano, palabras que nos recuerdan a Virilio. También, contemplar la naturaleza, expandir la noción de universo y aceptar, como parte de lo más humano, la idea de armonía, además de meditar sobre el amor, la fe, la felicidad, la familia, los hijos, la amistad.

Quiero concluir con este pensamiento de Franz Kafka:  

“Quien consigue conservar la capacidad de percibir la belleza, no envejecerá nunca”.

Y con esta reflexión de Benjamin Franklin:

“¿Amas la vida? Pues si amas la vida no malgastes el tiempo, porque el tiempo es el bien del que está hecha la vida”.

Por Susana Grimberg. Psicoanalista, escritora y columnista.

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