¿Darán los votantes árabes la victoria a Netanyahu?

 El reciente discurso de Benjamín Netanyahu en Nazaret y su cortejo del electorado árabe constituyen un cambio estratégico tremendo para el primer ministro. 

Hace solo seis años, en las elecciones de 2015, Netanyahu arremetió cínicamente contra la alta participación en el sector árabe (“los árabes están acudiendo en masa a las urnas”) para alentar a los electores derechistas a votar por el Likud. Pero el temor a una derrota electoral le ha llevado a cambiar de rumbo drásticamente. Ahora, Netanyahu comprende que sus chances de obtener una mayoría parlamentaria de 61 escaños con sus aliados naturales de la derecha (Shas, Judaísmo Unificado de la Torá, el Yamina de Bennett y los Religiosos Sionistas de Smotrich) no son elevadas. Así pues, para asegurarse una mayoría que le permita seguir en el poder, está tratando de dirigirse a otros electorados. Y, por supuesto, hará todo lo que esté en su mano para asegurarse una ley de inmunidad, aun cuando ello le lleve a una campaña adulatoria hacia la opinión pública árabe.

Netanyahu no es popular en el sector árabe. Todo lo contrario. En las elecciones de 2020 el Likud sólo obtuvo el 2% de su voto (equivalente a apenas un tercio de un escaño en la Knéset), lo que da cuenta de la magnitud de la animosidad hacia Netanyahu entre los árabes israelíes.

No obstante, pese a la brecha ideológica entre Netanyahu y el sector árabe, la Historia muestra que los partidos derechistas ya han recibido antes bastantes votos de los árabes israelíes. Así, en las elecciones de 1992 el Likud, entonces encabezado por el primer ministro Isaac Shamir, cosechó el 9% del voto árabe, equivalente en aquel momento a un escaño. Hablamos del mismo Shamir que se oponía vehementemente al establecimiento de un Estado palestino. Sirva esto como ejemplo de que Netanyahu puede incrementar su porcentaje de voto entre los árabes.

Además, la movilización de Alí Salam, alcalde de Nazaret, la mayor ciudad del sector árabe, en favor de Netanyahu no es una mera maniobra mediática. 

Salam, que en el pasado se ha enfrentado a los diputados de la Lista Conjunta Árabe –mayoritaria en el sector–, a los que ha acusado de no buscar la coexistencia entre árabes y judíos, simboliza los vientos de cambio en una porción significativa de su comunidad.

Poner a Salam en un puesto importante de la lista del Likud para la Knéset constituiría una verdadera declaración de intenciones por parte de Netanyahu, lo que en determinadas circunstancias podría llevar a un cambio en la actitud árabe hacia el primer ministro y el Likud.  

Aún no se sabe si Salam acabará uniéndose a Netanyahu y el Likud. No es inconcebible que prefiera finalmente no oponerse frontalmente a la mayoría de la opinión pública árabe. Pero no hay duda de que son bastantes las voces árabe-israelíes que piden un cambio de rumbo. 

Las críticas a la Lista Conjunta se multiplican, y los acuerdos de paz de Israel con Emiratos, Barén, Sudán y Marruecos han sido un punto de quiebre en el muro de hostilidad entre los árabes israelíes y Netanyahu.

Los árabes israelíes son perfectamente conscientes de que la vía para una mejora de sus condiciones de vida pasa por los ministerios del Gobierno y por el partido gobernante, no por la bancada opositora y la incesante preocupación por la cuestión palestina. Por eso, su última maniobra política puede dar a Netanyahu la victoria en las próximas elecciones.

En definitiva: que Netanyahu tenga (relativo) éxito en el sector árabe no es un vaticinio alucinado. Asumiendo que la participación árabe sea la misma que en las elecciones de 2020 (65%), un escaño en la Knéset equivale a aproximadamente el 6% del voto de dicha comunidad. Así que, para obtener dos escaños, Netanyahu y su Likud deben conseguir el 12% del mismo. Y puede que el primer ministro no necesite más para asegurarse una mayoría de 61 escaños.

Ciertamente, será una misión difícil, pero no imposible. Los árabes israelíes ya perdonaron a Isaac Rabin, ministro de Defensa en la Primera Intifada que reprimió con dureza a los vándalos palestinos, y otorgaron al Partido Laborista en torno al 20% de sus votos en las elecciones de 1992. Así que, ¿por qué no podría conseguir Netanyahu al menos la mitad de esa cifra?


Por Ori Wertman
© Versión original (en inglés): The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio

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