Un llamado telefónico muy demorado


Por Julián Schvindlerman / Analista político internacional



Finalmente, el presidente Joe Biden agarró el teléfono y llamó al premier Binyamin Netanyahu. Tardó casi un mes en hacer ese llamado al más importante aliado de Estados Unidos en el Medio Oriente. Jonathan Schanzer nos recuerda que Bill Clinton llamó a Isaac Rabin el 23 de enero, que George W. Bush llamó a Ariel Sharon el 6 de febrero, que Barack Obama llamó a Ehud Olmert el 2 de enero (aun antes de la inauguración), y que Donald Trump lo hizo el 22 de enero. Pasadas cuatro semanas desde la asunción, el teléfono seguía sin sonar en Jerusalem.

La demora desató inquietudes entre los diplomáticos y especulaciones entre los periodistas. Se adujo que Biden tenía otras prioridades: la pandemia, la economía, la polarizada sociedad americana, el cambio climático. Se dijo que para Washington, el Medio Oriente venía rezagado en importancia estratégica: ante la peligrosa expansión global de China, la siempre presente animosidad política de Rusia, la urgente reparación de la alianza transatlántica, la problemática inmigración ilegal centroamericana. La vocera de la Casa Blanca, Jen Psaki, pasó estas semanas asegurando que el presidente norteamericano pronto llamaría al premier israelí, que no había ninguna intencionalidad en la tardanza, que Israel es un aliado importante, que Joe y Bibi eran viejos conocidos, etcétera. Pero el llamado no llegaba.

Hasta que el pasado 17 de febrero Joe Biden telefoneó a Jerusalem. La Oficina del Primer Ministro de Israel emitió un comunicado amable y publicó una fotografía de un sonriente Netanyahu al habla. Veremos cuánto dura esa sonrisa con esta nueva Administración norteamericana.

Es inevitable considerar que la demora fue una represalia por la propia tardanza de Netanyahu en felicitar a Biden tras su victoria electoral el pasado noviembre. “Felicitaciones @JoeBiden y @KamalaHarris. Joe, hemos tenido una relación personal larga y cálida durante casi 40 años, y te conozco como un gran amigo de Israel” escribió Netanyahu en su cuenta de Twitter más de doce horas después de que la prensa estadounidenses anunciara el triunfo de Biden. En ningún momento se refirió a éste como “presidente electo”. Se recordará: Donald Trump se negaba a admitir la derrota y comenzaba a litigar en las cortes contra el resultado electoral; Netanyahu no quería ofender a quien seguía al mando de la Casa Blanca. De hecho en ese mismo tweet, Netanyahu lo alababa "Por la amistad que nos han mostrado al Estado de Israel y a mí personalmente, por reconocer a Jerusalem y el Golán, por hacer frente a Irán, por los históricos acuerdos de paz y por llevar la alianza estadounidense-israelí a alturas sin precedentes". Diez días después, el premier israelí llamó a Biden como presidente electo. Tras la conversación, el equipo de Biden declaró que el nuevo presidente estadounidense dio "su firme apoyo a la seguridad de Israel y su futuro como un estado judío y democrático" y "señaló que espera trabajar en estrecha colaboración con el primer ministro para abordar los muchos desafíos que enfrentan [ambos] países”. La referencia a un “estado judío y democrático” no pasó desapercibida, ya que indicaba el respaldo a una solución de dos estados, idea que había perdido vigor en el período Trump.  

También es difícil no ver a este desaire diplomático y personal como una señal política contundente. Israel se encuentra en otra campaña electoral, en la que Netanyahu vuelve a postularse. Al despreciar tan públicamente a un Primer Ministro en funciones, el equipo de Biden parecía estar anunciado a los israelíes que si quieren mantener buenas relaciones entre estos dos países, no deberían votar por Bibi. La intromisión en la política interna de Israel fue osada, pero Estados Unidos como superpotencia puede darse el gusto y Joe Biden tiene cuarenta años de experiencia política como para saber aguijonear certeramente a un adversario.

El problema con esta actitud, además del daño obvio al vínculo bilateral, es la señal enviada a todo el Medio Oriente. Innecesariamente, casi infantilmente, la nueva Administración dejo ver a Irán, Turquía, Hamas y otros actores hostiles que el canal Washington-Jerusalem no está en perfecto estado. Ellos sabrán explotar a su favor esa rendija de debilidad. Sí, Israel fue el primer país de la región que recibió un llamado del flamante presidente, lo cual simbólicamente es óptimo. Pero ya se tomó nota de que Joe Biden no es exactamente un fan de Bibi Netanyahu y de que la época dorada de Donald Trump ha terminado.  Al menos se puede hallar consuelo en que no fue Ali Khamenei el privilegiado. Pero guarda que, al momento de escribir estas líneas, ningún líder árabe fue beneficiado, tampoco. En una atmósfera repleta de comentarios sobre el potencial retorno de Estados Unidos al JCPOA con Irán, eso no se ve bien.

Los Demócratas nunca fueron amantes del Likud, y ahora que el Partido se ha inclinado un poco más hacia la izquierda lo serán menos todavía. A su vez, la relación de Estados Unidos e Israel, si bien sumamente especial, ha tenido históricos altibajos. Es aun temprano para evaluar qué forma tomará el nuevo lazo, pero estos veintisiete días de inusual silencio telefónico no pueden ser ignorados.

 

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